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Por Oscar Durán

La Habana.- Salud Pública acaba de descubrir América: en un país tropical los alimentos no pueden estar más de dos horas sin refrigeración. Tremendo hallazgo científico. Imagino la emoción en las oficinas del ministerio cuando alguien gritó: “¡Caballeros, acabamos de resolver el problema de la comida!”. Solo faltó explicar un pequeño detalle: ¿qué hace el cubano cuando lleva diez, doce o catorce horas sin corriente? ¿Le pone una vela al pollo para que se conserve fresquito?

El noticiero del mediodía soltó la joyita con una tranquilidad admirable, esa tranquilidad de quien vive en una Cuba imaginaria donde los refrigeradores permanecen encendidos, las termoeléctricas funcionan y el apagón es apenas un recuerdo de los tiempos difíciles. Al cubano de a pie, ese que abre la nevera y encuentra los alimentos sudando la gota gorda después de medio día sin electricidad, le recomiendan refrigeración. Es casi una provocación. Faltó agregar que el pescado debe mantenerse entre cero y cuatro grados y que, para garantizarlo, cada familia debe disponer de una termoeléctrica en el patio.

La cosa tiene todavía más gracia si recordamos que aquí el problema no es saber cuánto tiempo puede permanecer un alimento fuera del refrigerador. El problema es tener corriente para mantenerlo dentro. Hay familias que pasan días enteros haciendo malabares con el poco combustible disponible, corriendo detrás de un pedazo de hielo o rezándole al santo de turno para que el apagón termine antes de que se eche a perder lo poco que pudieron comprar. Y entonces aparece Salud Pública con su gran consejo: “No dejen los alimentos más de dos horas sin refrigeración”. Gracias, compañeros. Ahora solo falta que nos expliquen dónde comprar la electricidad.

Esto ya parece una competencia nacional de cinismo. La dictadura provoca una crisis energética de dimensiones enormes y después aparece en televisión dando clases de conservación de alimentos. Es como incendiar una casa y luego salir en el noticiero a recomendar que las cortinas no estén cerca de las velas.

El cubano no necesita otra conferencia para saber que la comida se echa a perder. Lo que necesita es corriente, alimentos y un refrigerador que pueda hacer su trabajo. Hasta el último pollo de la isla debe estar pensando que tiene más posibilidades de sobrevivir dentro de una nevera apagada que bajo las recomendaciones de quienes administran este desastre.

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