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Por Jorge Sotero

Camagüey.- Hay noticias que uno tiene que leer dos veces para asegurarse de que no son una parodia. La Empresa de Comercio de Camagüey informa, muy seria ella, que el arroz todavía no ha llegado, el aceite no existe, el café tampoco apareció, el azúcar sigue desaparecida y, como premio de consolación, quizás algún día entren tres libras de arroz chino donadas. Es decir, la canasta familiar ya no se mide por lo que trae, sino por lo que promete.

Lo mejor viene cuando hablan del chícharo. Después de meses de espera, anuncian que finalmente completarán las 30 onzas reajustadas por consumidor. Treinta onzas de chícharo parecen ser el gran logro económico de una revolución que un día prometió convertir a Cuba en una potencia. Si Fidel levantara la cabeza, probablemente pensaría que tanto discurso terminó reducido a un puñado de legumbres.

Mientras tanto, el aceite, el café y el azúcar aparecen en el comunicado como si fueran especies en peligro de extinción. «No disponen de cobertura», dicen elegantemente. Traducido al español de a pie significa: olvídense de ellos. Si usted quiere tomar café, cocinar con aceite o echarle azúcar al vaso de leche —si es que también consigue leche— tendrá que encomendarse a un familiar en el extranjero o al mercado informal, donde los precios siguen subiendo con más rapidez que el dólar.

Y no podía faltar el cigarro, porque en Cuba primero puede faltar la comida antes que el tabaco. El reporte detalla con precisión quirúrgica qué municipios recibirán la cuota de este mes y cuáles completarán la de mayo, como si ese fuera el gran alivio para una familia que no tiene con qué freír un huevo. El cubano podrá acostarse sin cenar, pero al menos tendrá la posibilidad de fumarse un cigarro mientras contempla el refrigerador vacío.

La dictadura ha perfeccionado el arte de convertir la escasez en noticia. Antes los periódicos anunciaban «inversiones, cosechas récord o crecimiento económico». Hoy celebran la llegada de unas onzas de chícharo, unas libras de arroz donado y un kilogramo de sal como si estuvieran inaugurando el Canal de Panamá.

Lo verdaderamente extraordinario no es el comunicado; lo extraordinario es que todavía haya un pueblo capaz de leer estas notas sin romper a reír… o a llorar.

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