Los transformadores no se queman solos

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Por Anette Espinosa

Holguín.- La Empresa Eléctrica de Holguín acaba de descubrir algo extraordinario: los transformadores se están quemando porque los cubanos encienden los equipos cuando regresa la corriente. Tremendo hallazgo. Después de 20, 30 o hasta 40 horas de apagón, resulta que el culpable es el vecino que conecta el refrigerador para salvar la poca comida que le queda, la madre que pone la arrocera porque sus hijos llevan un día entero sin comer caliente o el campesino que enciende la turbina para no perder la cosecha. Siempre el pueblo. Nunca quienes destruyeron el sistema eléctrico nacional.

El reportaje del periódico Ahora intenta explicar, con abundantes tecnicismos, que la sobrecarga, la carga fría, el robo de aceite y hasta las ramas de los árboles son los grandes enemigos de la red eléctrica. Todo eso puede ser cierto. Lo que no dice es por qué Cuba llegó a depender de un sistema tan frágil que colapsa cada vez que aparece la electricidad durante tres horas. Tampoco explica por qué un país que durante décadas presumió de ser una «potencia energética» hoy no tiene transformadores, combustible, brigadas, vehículos, aceite dieléctrico ni recursos para podar un árbol. La respuesta es mucho más sencilla que cualquier informe técnico: sesenta y tantos años de incapacidad.

Lo más curioso del reportaje es que termina pidiéndole otra vez comprensión al ciudadano. Que si encienda menos equipos, que si tenga disciplina, que si espere. El cubano lleva años esperando. Esperó por la Revolución Energética, por los grupos electrógenos, por las termoeléctricas reparadas, por los parques solares, por los acuerdos con Rusia, China y Venezuela. Ha esperado tanto que ahora también debe esperar un transformador durante semanas o meses porque sencillamente no existe con qué sustituirlo. La paciencia del pueblo parece ser el único recurso que todavía no escasea en Cuba.

Mientras tanto, los dirigentes seguirán inaugurando talleres que quizás algún día reparen transformadores, visitando obras que nunca terminan y prometiendo soluciones para los próximos meses. Es el mismo libreto de siempre: anunciar proyectos futuros para justificar un presente desastroso. La realidad, sin embargo, es mucho más cruel. Hay comunidades completas viviendo semanas sin electricidad, ancianos durmiendo bajo temperaturas insoportables, alimentos echándose a perder y niños creciendo creyendo que un apagón de veinte horas es algo normal.

Los transformadores no se queman porque el cubano conecte una arrocera. Se queman porque durante décadas nadie invirtió seriamente en modernizar una infraestructura que hoy agoniza. Se queman porque el sistema eléctrico refleja exactamente lo que es el país: una estructura vieja, sobrecargada, remendada una y otra vez hasta que ya no soporta una mentira más.

Mientras el régimen siga buscando culpables en los consumidores y no en el espejo, seguirán explotando transformadores, seguirán los apagones y seguirá explotando, también, la paciencia de un pueblo que hace mucho dejó de creer en las excusas.

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