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Por Renay Chinea ()

Barcelona.- No hay cosa tan bien hecha como la escasez comunista. Es un prodigio del que nadie habla, pero haré un esfuerzo y les cuento.

Paseando por ese valle de la abundancia que es el Cibao, en República Dominicana, hablaba con Camilo Venegas de que donde más me duele Cuba es en parajes como República Dominicana, y no en Europa. Aquel domingo estábamos en su casa y dijimos: vamos a hacer un asado… así que nos fuimos a la carnicería del pueblito más cercano a comprar la carne.

Jarabacoa es equivalente a Manicaragua en Cuba. Ambos son montañosos, verdes, con ríos y cascadas… pero una cosa los hace diferentes: el hambre. Camilo, que es hijo adoptivo de las dos, sabe cuál es esa diferencia: la maldita circunstancia del hambre por todas partes, en Manicaragua. En la calle Independencia, del centro de Jarabacoa, el surtido es amplio como una estepa. En Manicaragua, el hambre es vertical como un pozo sin fondo. Y en esa cruz queda clavado el dolor por el recuerdo de una Cuba, donde el único producto que se encuentra, a muy buen precio, es la escasez, o sea, el hambre.

Pero antes de llegar a la Estación del hambre, déjenme bajarme en esta previa: la de la escasez generalizada. El comunismo, en su afán de exterminio y control de la libertad humana, empezó por asfixiar ese pequeño manantial que te hace libre: el comercio; y con él, el fin de las venturosas artes de la compraventa. Me di cuenta en el Gran Bazar de Estambul… o en los zocos de la Medina de Marrakech. Nada tiene precio. Todo puede costar el triple o un tercio. Diez veces más o diez menos. Depende de ti… o, ¿de qué depende?

Un señor vende bufandas. Y olvídese del idioma: un señor que vende bufandas en el Gran Bazar de Estambul le hablará perfectamente en su idioma. Si no será él, será su primo de al lado.

—Mire, voy a enseñarle a comprar la verdadera bufanda de auténtica pashmina —me dice y enciende un mechero.

Le digo que no… que no quiero ni necesito bufandas de pashmina.

—Amego… amego… un día novia ti pidirá una buena cashmere… y tú ni saber comprarla… mira, mira… —y deshilachaba la punta de la bufanda, con el mechero en la mano:

—No aprender este truco, te saldrá más caro que los 20 dólares que te cobro por ella… —me decía… y encendía ligeramente la punta de las mechas, que soltaban un humillo.

—¿A qué huele?

—A pelo quemado —le digo.

—Entonces es pashmina… no poliéster. Dame… 10 euros —insistía. Y tuya.

—Vale, amigo… Gracias, me la quedo… —y le puse 5 euros en el bolsillo. Dos más de lo que probablemente valía.

Luego me enteré de que le agregan muy sutilmente unos pelillos de cabra en una punta, para que «huela». Y lo demás, claro, es poliéster chino, y no el pelo de la famosa cabra del Himalaya.

En la carnicería hay cortes de ganado dominicano, en filete, falda… bistec… a precios económicos. Pero también están los importados: carne uruguaya, argentina y de Nebraska, en EE.UU. De ese modesto mercadillo salimos con vinos de California, de Chile y además con carbón, encendedor y otro sinfín de cosas.

El comunismo es tan eficiente, tan compacto, que lo ha eliminado todo de golpe. Pero esa es solo su cara B… porque en la otra está la razón fundamental de la miseria comunista: crea nefastos nexos invisibles, aviesas consecuencias causa-efecto, que agregan un inobjetable signo de fatalidad a todo. En Cuba se te queman los panes en la puerta del horno. El hombre que consigue carbón no tiene cerillas… y el que tiene ambas se le soltó la puerca. El arma estalinista del sometimiento por hambre engendra niveles de precariedad nunca vistos: no se puede amarrar una chiva del siglo XXI con ariques que usaron los Guanahatabeyes.

En mi casa había un hermoso gato blanquinegro. Y una madrugada, mi padre, que dormía con una lámpara chismosa de kerosene al lado de la cama, fue a encender la mecha, y no sé cómo hizo que la lámpara, con combustible y todo, le cayó en la cabeza al gato… que ronroneaba alegremente a los pies de la cama. El animalito salió corriendo con la cabeza en llamas en la oscuridad de la madrugada y se perdió. Todos lo dimos por muerto. Hasta que se apareció, una semana después, con las puntas de las orejas quemadas y una llaga enorme en la cabeza. Estaba hambriento, flaco, herido… pero seguía siendo un gato: aún le quedaba una de sus siete maravillosas vidas.

El otro día nos fuimos los tres de compras. Pipo, ya con 16… que se enamora de las camisas de lino que yo uso, y él ahora se las busca en otros colores juveniles: el tiza, el malanga, el aloe kaki. Lucas y yo. Pipo se mete al probador como un adolescente: se prueba la camisa… se estira el pelo. Se mira de arriba a abajo y se vuelve a acicalar la camisa. Las prendas que no se va a quedar, las deja: abre una escotilla por donde pasa una estera con las que los consumidores desechan.

Se ha quedado dos pantalones, uno color topo «taupe», marrón rojizo, y el otro no recuerdo. Lucas solo quiere un par de medias para jugar al fútbol y refunfuña porque quiere que lo lleve a comer hamburguesas. Camino a la caja, para pagar, Lucas echa mano a un mazo de calcetines… y yo cargo con otro de calzoncillos bóxers. Dos, contando el que agarré para Pipo. Al llegar a la caja, en la pantalla aparecieron todas las prendas que llevábamos, automáticamente. Solo tuve que arrimar la Mastercard y salir contento.

Mientras Lucas disfruta su hamburguesa, recordé el día en que encontré al gato quemado, al volver de la escuela. Mi madre había puesto una sartén al fuego para hacerme algo de comer. Un pedacito de carne que había conseguido. Yo me agaché para observar el animalito. Tenía la costra en la cabeza, relativamente seca, pero le dolía. Salí a conseguir un poquito de aceite… o algo para untarle… mientras él cariñosamente maullaba y cerraba los ojos. Mi madre salió a buscar una cebolla. Fue un instante. Al volver a la cocina, ya no estaba ni el bistec ni el gato. Cuando me asomé al patio, se detuvo a la distancia y me miró. Solo vi mi carne en su boca y sus dos ojos bellos.

Lucas me pregunta si puede llevarle un pedacito de hamburguesa a su gata Lagherta.

—¡Qué raro! Antes del accidente él nunca había hecho eso… —me decía mi madre mientras me preparaba el plato, de arroz solo con cebollas. Desde aquel percance el quemado nunca fue el mismo. El trauma le hizo mucho daño.

Manicaragua, en taíno araguaco, significa «Tierra de hombres valientes». En la misma lengua, Jarabacoa, «Tierra de muchas fuentes de agua».

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