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Por JOrge Sotero ()

La Habana.- El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, ha «descubierto» el agua. Así, como quien encuentra un billete olvidado en un bolsillo, el mandatario ha reconocido que en La Habana hay problemas con el suministro de agua. Ha ido a una fuente estratégica, ha posado para la foto, ha hablado de «situación crítica» y ha prometido soluciones. Pero no se engañen: este reconocimiento no es un acto de transparencia, es el mismo circo de siempre, la misma farsa que el castrismo repite cuando la realidad ya no puede ocultarse ni con la fuerza de los fusiles.

La agencia EFE, fiel a su papel de altavoz del régimen, ha publicado la noticia como si fuera un gesto de grandeza presidencial. «Díaz-Canel reconoce la crítica situación del agua en La Habana», titula la nota. Pero ¿dónde estaban los periodistas de EFE cuando los cubanos llevaban décadas sin agua? ¿Dónde estaban cuando los niños de Marianao crecían sin saber lo que era abrir un grifo y ver correr el agua?

Los periodistas de EFE acreditados en Cuba, muchos de ellos otrora vinculados con la prensa estatal, no investigan, no denuncian, no cuestionan: solo repiten lo que el régimen les permite decir. Son la correa de transmisión de una dictadura que los utiliza para maquillar la miseria.

Hace más de medio siglo La Habana no tiene agua

Díaz-Canel dice que el problema es la falta de electricidad. Que los apagones impiden el bombeo. Que si hubiera corriente, el agua llegaría. Miente. La crisis del agua en La Habana no es de ahora, no es de los apagones de Trump, no es del «bloqueo energético». Es de décadas.

Desde hace casi 60 años, en los barrios humildes de la capital, la gente se despierta a las tres de la madrugada para llenar un tanque oxidado, si es que la tubería vieja y podrida se dignaba a dejar caer unas gotas.

Hay cubanos en La Habana que nunca han conocido una ducha. Hay ancianos que jamás se han sentado en una bañadera. Eso no es culpa de Trump, es culpa de un régimen que nunca invirtió en infraestructura hidráulica, que prefirió construir hoteles de lujo para turistas antes que garantizar agua potable para su pueblo.

La mentira del presidente es tan monumental como la corrupción que lo rodea. En Cuba no se puede comprar agua potable. Ni siquiera en las tiendas en dólares, esas que el gobierno abrió para los que tienen remesas, hay una sola botella de agua para beber.

Los que tienen agua todos los días se cuentan con los dedos de una mano: son los dirigentes, los generales, los burócratas de la nomenklatura que viven en Cubanacán y Siboney. A ellos no les faltan bombas, ni combustible, ni electricidad, ni agua. Ellos tienen cisternas privadas y camiones que les llevan el líquido mientras el pueblo se deshidrata en las colas.

Un pueblo sin agua, un pueblo sin fuerza

EFE, que se presenta como una agencia de prensa internacional, se ha convertido en un departamento más del castrismo. Sus corresponsales en Cuba, experiodistas de Granma o Prensa Latina, no se atreven a preguntar lo que realmente importa. No preguntan cuántos millones se han robado en los proyectos hidráulicos. No preguntan por qué los motores de bombeo llevan décadas sin mantenimiento. No preguntan por qué el agua de La Habana sabe a óxido. Solo repiten las mentiras de Díaz-Canel, como loros amaestrados, y las venden al mundo como «noticias».

El presidente puede visitar todas las fuentes que quiera, puede prometer todos los motores y todos los paneles solares que le venga en gana. Pero mientras no haya voluntad política para resolver el problema, mientras los recursos sigan desviándose hacia los bolsillos de los mismos de siempre, mientras los periodistas sigan siendo cómplices del silencio, el agua seguirá siendo un lujo en La Habana.

Díaz-Canel no ha «reconocido» nada: ha hecho lo que siempre hace, echarle la culpa a Estados Unidos y fingir que se preocupa. La realidad, sin embargo, es tozuda: el agua no llega porque el régimen no quiere que llegue. Porque un pueblo que no tiene agua es un pueblo que no tiene fuerzas para rebelarse. Y eso, para el castrismo, es más importante que la vida de dos millones de habaneros.

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