
¿Es el gobierno cubano de salvación nacional?
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Quienes dirigen a Cuba, de los Castro hacia abajo —los verdaderos dueños del país—, están inmersos, dicen ellos, en una tarea dura: la de salvar a la nación. No hablan de salvarse ellos. Hablan de salvar al país. Y uno, que ha visto cómo se ha demoronado todo durante seis décadas, se pregunta qué han hecho.
Las respuestas oficiales son conocidas: las 176 medidas anunciadas por Manuel Marrero, con las cuales piensan que se resolverán todos los problemas, a decir del propio primer ministro, desde enero próximo. La conversión de muchas empresas y comercios en entidades privadas. La apertura total al capital extranjero —y nacional—, aunque no llegue inversionista de ninguna parte, porque nadie cree en un gobierno que ha incumplido cada contrato y cada promesa.
Permitir empresas de más de cien trabajadores. Facilitar que quien quiera tierra, pueda tenerla. Que el que quiera importar directamente, lo haga. Que quien quiera poner a trabajar un medio de transporte, lo ponga. O que desee abrir un círculo infantil, lo abra. En fin, toda una retahíla de concesiones que el gobierno presenta como revolucionarias cuando no son más que el reconocimiento tardío de que el modelo estatal fracasó.
Lo que ya han aprobado
Según Marrero, en tres meses se diseñaron 160 propuestas de implementación y se aprobaron 197 normas jurídicas para respaldar las transformaciones. Ya operan más de 16 mil 100 micro, pequeñas y medianas empresas privadas, 448 cooperativas no estatales y más de 385 mil trabajadores por cuenta propia.
El primer ministro afirma que a las MiPyMEs “se les han quitado todas las trabas para que puedan producir más y generar más riquezas”. Y ante las dudas de que esto sea un viraje al capitalismo, responde que “para nada” es así, que las medidas buscan “equilibrio en materia de lo social y sin renunciar a los principios fundacionales de la Revolución”.
Es decir, quieren lo que siempre han querido: quedarse con el control político mientras sueltan la cuerda económica lo justo para que la gente no se muera de hambre del todo. Pero no es salvación. Es supervivencia del régimen, no del país.
El desmontaje de las medidas
Estas reformas no son un acto de salvación. Son el intento desesperado de darle para atrás a lo mismo que hicieron mal durante 67 años. El mismo gobierno que nacionalizó hasta el sillón del limpiabotas ahora permite que existan empresas privadas de más de cien trabajadores. El mismo que convirtió al Estado en dueño de todo ahora pide inversión extranjera. El que dejó a los cubanos dependiendo de una libreta de racionamiento ahora habla de “desatar potencialidades”.
No hay aquí arrepentimiento ni rectificación. Hay cálculo. El azúcar, que fue el corazón de la economía cubana, produjo menos de 150.000 toneladas en la zafra 2024-2025, el peor resultado en más de un siglo y menos de la mitad de lo obtenido el año anterior. La industria azucarera, que llegó a producir ocho millones de toneladas anuales, hoy es un recuerdo. Y no fue por el bloqueo. Fue porque durante décadas se desmanteló, se abandonó, se saqueó. Lo mismo ocurrió con la industria ligera, con la textil, con la pesca, con la construcción. Cuba, que exportaba azúcar, hoy tiene que importarla de Colombia, España, EEUU, Brasil o Chile para satisfacer la demanda interna. Ese es el saldo de 67 años de gobierno revolucionario.
El país que dejaron en ruinas
El resultado está a la vista. La pobreza extrema alcanza al 89% de los cubanos, según el VIII Estudio sobre Derechos Sociales. El salario estatal promedio se situó en 6.930 pesos, equivalentes a apenas nueve dólares al cambio informal.
Una pareja necesita 45.401 pesos mensuales solo para gastos básicos de alimentación, transporte, internet, ropa y aseo personal. Es decir, el salario de un trabajador estatal no alcanza ni para la mitad de lo que cuesta sobrevivir. Solo el 3% de los encuestados pudo obtener medicamentos en farmacias sin dificultad.
Más de 80% de los sistemas de bombeo de agua dependen de electricidad, y con los apagones prolongados, solo el 15% de los hogares recibe suministro continuo. Así mismo, el 78% de los cubanos quiere emigrar o conoce a alguien que quiere hacerlo. La desaprobación del gobierno ronda el 92%. Y mientras tanto, los dueños del país, los Castro, Díaz-Canel, Marrero y algunos generales, siguen ahí, en sus palacios, con sus privilegios, sus guardias y sus negocios. ¿Eso es salvación nacional? No. Eso es un funeral con música.
Salvación, sí, pero para ellos
Entonces, ¿es el gobierno cubano de salvación nacional? Sí, lo es. Pero de salvación para ellos. Para los Castro, los verdaderos dueños del país. Para Díaz-Canel, que administra los restos de la Revolución mientras Raúl Castro mantiene capacidad de veto en las políticas estratégicas.
También para Marrero, que anuncia medidas con la solemnidad de quien cree que su palabra basta. Para los generales de antaño y de ahora, que han convertido al ejército en un conglomerado empresarial. Ellos saben que la caída del régimen les puede salir cara. Saben que si el país se derrumba, ellos caen con él, y que detrás de la caída no hay retiro dorado ni asilo seguro, sino cuentas pendientes, juicios, cárceles.
Por eso las reformas no buscan salvar a Cuba. Buscan salvar el poder. Porque salvar el poder, en su lógica, es salvar sus vidas. Y en esa ecuación, el pueblo es un detalle, un número, una masa que hay que entretener con migajas y discursos. Pero la gente lo sabe. Lo sabe en cada cola, en cada apagón, en cada hospital sin gasa, en cada escuela sin maestro, en cada anciano que se muere por falta de una pastilla.
La gente sabe que este no es un gobierno de salvación nacional. Es un gobierno de salvación propia. Y mientras eso no cambie, Cuba seguirá siendo un país secuestrado, con un gobierno que se aferra al poder como un náufrago a una tabla, mientras el pueblo se ahoga a su lado.



















