El patín que soñó con ser bicicleta

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Hubo un tiempo en que los parisinos miraban al suelo y veían cuatro ruedas pequeñas. Y les parecían pocas. O quizá demasiadas. La cuestión es que en 1923 alguien decidió que aquello había que revolucionarlo, y la revolución consistió en quitar tres ruedas y dejar una sola, pero enorme: del tamaño de una rueda de bicicleta. Así nació el paticycle, también llamado patin-bicyclette, que viene a ser lo mismo pero dicho con más elegancia francesa.

El responsable fue Fernand Leblanc, aviador e industrial, un hombre que probablemente pensaba en el aire pero terminó inventando algo para el suelo. Cada pie descansaba sobre una plataforma unida a una rueda neumática de unos treinta centímetros. El patinador quedaba a unos centímetros del pavimento, casi rozándolo. Y para avanzar y no caerse, se ayudaba de dos bastones, como quien esquía por un bosque nevado pero en mitad de una ciudad.

La rueda grande quiere ser deporte

La ventaja era concreta: los patines de siempre servían para pistas lisas, para el salón, para el parqué. Las ruedas neumáticas del paticycle podían tragarse las irregularidades del terreno y permitían imaginar algo nuevo: patinar al aire libre, recorrer distancias largas, salir de la ciudad. Leblanc no se quedó en el prototipo. En 1923 ya se vendían en París y en otras partes de Francia. En octubre los presentaron en el Salón del Automóvil del Grand Palais, y de ahí saltaron a los periódicos y a los noticiarios del cine.

El 7 de octubre llegó la prueba de fuego. Siete participantes salieron de Versalles rumbo a París, unos diecisiete kilómetros. Charles Morel, patinador experimentado, completó el recorrido en unos cuarenta y siete minutos. Ya no parecía un juguete raro, sino algo que podía tomarse en serio. En 1925 se creó incluso una Federación Francesa de Paticycle, dedicada a desarrollar el nuevo deporte. Hubo carreras, exhibiciones, competiciones. Hay registros de actividad hasta finales de los años veinte y comienzos de los treinta.

Nunca desplazó a los patines tradicionales. Pero tampoco fue una simple extravagancia fotografiada una tarde en París. Durante varios años hubo gente que de verdad compitió y viajó sobre aquellas ruedas enormes, con sus bastones y su equilibrio precario, convencida de estar inventando el futuro. Vistos un siglo después, parecen una mezcla improbable de bicicleta, patines y esquí. En 1923, sus inventores pensaban que serían el futuro del patinaje. El futuro, como casi siempre, tenía otros planes.

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