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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- En Cuba, la nueva doctrina fotovoltaica —esa que, según el gobierno, va a sustituir la energía térmica y a borrar los apagones como por arte de magia— se ha convertido en la religión oficial. Todo es fotovoltaico: los paisajes llenos de paneles hasta donde la vista se rinde, los techos de las casas, los hospitales, los policlínicos… y, por si faltaba algo, las famosas solineras comunitarias, donde se cocina, se cargan móviles, se alimentan vehículos y, con suerte, también la paciencia.

Muchos van a las solineras a preparar la comida, porque al parecer el sol ahora también hace de fogón.

Aun así, y contra todo pronóstico oficial, el déficit de generación no baja: sube. Suben los apagones, baja el agua, baja el ánimo.

En La Lisa llevan 20 días sin agua ni luz, y con el estómago haciendo huelga. Esa es la otra cara —menos luminosa— de la realidad fotovoltaica.

Hace poco, el gobierno anunció la instalación de baterías para almacenar energía, reducir apagones nocturnos y regular la frecuencia del sistema. Sin embargo, hace una semana La Habana vivió un “apagón voluntario” para regular la frecuencia. Voluntario, claro: como todo lo que no se puede evitar.

Mientras tanto, Cuba vuelve a apartar a los cubanos de la gestión de las empresas estatales para entregarlas a compañías rusas, con el objetivo declarado de garantizar la seguridad energética.
Según esta lógica, los apagones no se acaban sin petróleo, y lo fotovoltaico es un complemento… aunque se venda como salvación.

Tampoco está claro bajo qué criterios se entrega la economía cubana a Rusia, un país que ya no opera bajo la antigua “solidaridad proletaria”. El asunto sigue envuelto en niebla, pero lo cierto es que la seguridad energética y la gestión de las Empresas Socialistas quedan ahora en manos rusas.

Cuba parece entrar en una nueva fase de dependencia, con un detalle no menor: esta Rusia no regala nada.

O, dicho de otra manera, el país avanza hacia un abismo donde el sol ilumina, sí, pero no necesariamente salva.

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