
No puedo olvidar el peso genético de una nación
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Yo podría dedicarme a postear sobre libros, arte o entretenimiento. Podría crear contenidos que no fueran políticos. Podría incluso olvidarme de Cuba y vivir mi vida; también al respecto podría publicar fotos de mis paseos y mis cenas, de toda la felicidad, desconocida hasta que llegué, que me ha regalado este gran país. Pero no puedo.
No puedo porque la memoria no es un archivo digital que se pueda formatear a voluntad, sino una impronta biológica grabada en el tejido mismo de mi cerebro. Dice la neurociencia que las experiencias de vida, el dolor compartido de una nación y la constante zozobra de la supervivencia esculpen nuestras redes neuronales de manera irreversible.
Cada vez que intento desviar la mirada hacia la belleza de lo que vivo o la calma de un atardecer, mi amígdala —ese centinela ancestral que gestiona la supervivencia— reacciona ante el silencio y me hace pensar en lo que estarán comiendo mi madre y mi hermano en Cuba, como si fuera una amenaza inminente, recordándome que la indolencia, para quienes conocemos el origen del «frío», es una forma de traición biológica.
Marcas en nuestros genes
Existe además una herencia invisible, un hilo genético que la epigenética apenas comienza a descifrar. El trauma colectivo de un pueblo no solo se experimenta en el presente, sino que se hereda; las alteraciones químicas generadas por el estrés, la pérdida y la resistencia de generaciones de cubanos han dejado marcas en la expresión de nuestros propios genes.
No soy una persona aislada flotando en el vacío de una nueva geografía, sino el nodo de una red humana interconectada por décadas de fracturas familiares y anhelos postergados. Fingir una felicidad impermeable me sometería a una disonancia cognitiva tan profunda que terminaría por quebrar mi propia siquis. Para mí, el bienestar individual se vuelve una ficción insostenible cuando el grupo identitario al que pertenecemos, y del cual dependemos para dar sentido a nuestra existencia, sigue atrapado en el desamparo.
Hace poco leí que nuestra evolución como especie nos prohíbe el olvido selectivo a través de un mecanismo biológico refinado: las neuronas espejo, diseñadas para hacernos sentir el dolor del otro en nuestra propia carne como un imperativo de supervivencia comunitaria. Cuando sé que al otro lado del mar hay quienes padecen ausencias de todo —de luz, de libertad y de futuro—, mis células cerebrales simulan esa misma asfixia de forma inevitable. Intentar vivir una vida de pura contemplación estética mientras mi tierra se muere sería enterrar deliberadamente mi capacidad de sentir.
El dolor de Cuba no es un tema político del que pueda decidir desconectarme, sino una constante fisiológica, un latido discordante que altera mi propio pulso y me recuerda que, mientras una parte de mi origen siga cautiva, cualquier intento de libertad absoluta no será más que un traje prestado que nunca me terminará de ajustar.






