
El documento que salvó una vida
Por Rafa Junco ()
Madrid.- A las ocho de la mañana, 37 empleados estaban reunidos en el segundo piso de un edificio de Hiroshima. Quince minutos después, una bomba atómica explotó a 170 metros de allí. Solo uno de ellos sobreviviría. Se llamaba Eizo Nomura y tenía 47 años. Su salvación no fue un milagro ni un acto de heroísmo: fue un documento olvidado en el sótano.
Nomura necesitaba unos papeles que su superior normalmente subía desde abajo. Aquella mañana se había olvidado. Pensó en pedirle a la compañera de al lado que bajara, pero la vio ocupada y decidió ir él. Antes de bajar, hizo algo que nunca pudo explicarse: se quitó las gafas, sacó la cartera y desprendió el reloj de bolsillo. Dejó los tres objetos sobre la mesa. Luego descendió.
Mientras buscaba los documentos, escuchó una explosión ensordecedora. Las luces se apagaron y fragmentos le golpearon la cabeza. Intentó subir, pero la escalera había desaparecido bajo escombros. En la oscuridad, oyó voces pidiendo ayuda y el ruido de una tubería rota. Pensó en sus cuatro hijos. Nunca supo cómo logró abrirse paso. Solo recordaba que, en algún momento, había llegado al primer piso.
Cosas del destino
El mundo que encontró fuera ya no era Hiroshima. El cielo estaba oscuro y los edificios ardían. Siete personas más lograron salir del Fuel Hall. Se refugiaron junto al río, protegidos con trozos de metal. Luego empezó a llover. La paradoja era brutal: en pleno agosto, rodeados de fuego, estaban tan empapados y temblaban tanto que tuvieron que acercarse a las llamas para calentarse. Nomura sobrevivió a la explosión, pero su cuerpo empezó a fallar semanas después.
Ninguno de los otros 36 empleados que estaban en la reunión de aquella mañana sobrevivió. Nomura murió en 1982, a los 84 años. El edificio fue restaurado y hoy forma parte del Parque Memorial de la Paz. En su sótano, todavía se conservan rastros de la estructura que lo protegió. Sobre aquel escritorio, donde había dejado sus pertenencias, las gafas, la cartera y el reloj se quemaron. Los documentos que faltaban habían enviado a su dueño al único lugar donde podía vivir. A veces, el destino no se escribe con mayúsculas. Se escribe con un papel olvidado.






