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Por Roalndo Luis Pérez Vizcaíno ()

Nueva York.- Las entrevistas de Miguel Díaz-Canel a medios internacionales tienen el mismo nivel de espontaneidad que un discurso escrito por el Buró Político. Preguntas y respuestas preconcebidas, un guion milimétricamente ensayado donde el presidente se limita a repetir el libreto de siempre: el bloqueo, la resistencia, la heroicidad del pueblo. La ficción de un diálogo que nunca fue.

Pero imaginen, solo por un momento, que el periodista tuviera libertad para preguntar de verdad. Que no hubiera un «pie forzado» ni una respuesta ensayada. ¿Qué pasaría si el entrevistador hiciera las preguntas que ningún periodista con acreditación oficial se atreve a formular?

Señor Presidente, usted fue elegido por una Asamblea Nacional de 470 diputados. ¿Con cuántos votos ganó? ¿Cree usted que el voto de 470 personas —todos militantes del Partido, todos obligados a acatar las indicaciones del Buró Político— representa la voluntad de nueve millones de cubanos? ¿Es eso democracia para usted? ¿Sabe siquiera cómo se llama el municipio que cada diputado dice representar? Porque todos ellos viven en Siboney, Miramar o Cubanacán, pero aparecen como diputados por Banes o Sibanicú, pueblos que ni conocen.

Señor Presidente, usted dice que no tiene riquezas, que tiene una casa y «lo normal». ¿Qué significa «lo normal» en Cuba? Porque en la Cuba de hoy, «lo normal» es la miseria, la escasez, el 84% de la población viviendo por debajo del límite de la pobreza, apagones de 30 horas y una absoluta carencia de transporte público. ¿Comparte usted esa normalidad? ¿Sufre apagones de 24 horas? ¿Carece de agua potable durante largos periodos? ¿En qué bodega tiene su libreta de abastecimiento? ¿Recibe productos de primera necesidad de fuentes alternativas a la canasta del MINCIN?

El periodismo cómplice

Señor Presidente, ¿cuánto cuesta su casa? ¿Cuántos metros cuadrados ocupa? ¿Cuántos miembros de su familia conviven con usted? ¿Paga usted la casa que habita? ¿Cuántos empleados tiene a su servicio doméstico? Jardineros, cocineros, trabajadores de limpieza. ¿Quién les paga el salario? ¿Tiene usted o algún miembro de su familia propiedades inmobiliarias en el extranjero, adquiridas después de su designación como presidente? ¿Dónde atiende sus problemas de salud? ¿Cómo se surte de medicamentos?

En una democracia, el periodista tendría permiso para investigar en la empresa PALCO, en la contabilidad de la Presidencia, del Consejo de Estado y del Comité Central. Podría escudriñar los gastos de cada viaje presidencial y la contabilidad del Ministerio de Cultura. Esa entrevista tendría un rating astronómico y convertiría al periodista en candidato al Pulitzer.

Pero en el comunismo totalitario, el gobernante es dueño de «todo». Tiene a su disposición las arcas del Estado sin rendir cuentas a nadie. Esa forma de riqueza es menos riesgosa que arriesgar dinero propio en negocios inseguros. Por eso, ningún comunista en el poder concederá jamás una entrevista que lo ponga en apuros.

Lo triste es que hay medios y periodistas que, por anotarse una entrevista con un presidente, hacen concesiones de principios y le hacen el juego a sus intenciones. Se convierten en cómplices de la farsa, en transmisores de la mentira. Y mientras ellos se llevan el titular, el pueblo cubano sigue esperando respuestas que nunca llegarán.

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