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Por Alina Bárbara López Hernández

Matanzas.- El peso cubano cae sin control. Hace cuatro días se cambiaba a 605 por un dólar y hoy está a 622. Cada escalón que sube el dólar lo suben de su mano los precios. Y es lógico, los empresarios de barrio, esos hombres y mujeres que han venido a sustituir a las bodegas, carnicerías y mercados estatales, deben recuperar su inversión. Porque no todos los «mipimeros», como les dice mi vecina, son familiares de «alguien de arriba», los de arriba no abren sus negocios en barrios populares como el mío y otros muchos de Cuba.

Cuando los precios suben, las personas que reciben remesas, o algún ingreso en dólares o divisas, logran capear el temporal en alguna medida; sin embargo, aquellas que solo reciben un salario, pensión o jubilación, y que, para colmo, no pueden disponer de ellos por el colapso bancario que retiene su dinero en tarjetas ficticias donde solo existe virtualmente y les impide adquirir lo ínfimo que podrían; esas personas son las que están pasando hambre.

El término puede ser usado para explicar una alimentación escasa, poco variada, sin los requerimientos nutricionales o que no es sabrosa; pero lo utilizo en su sentido estricto de no tener nada para comer. O porque no pueden comprarlo, y ya no viene ni el pequeño pancito «de la libreta», que era el almuerzo de los pobres, y tampoco el salvador vaso de agua con azúcar, el inefable «milordo», que entretuvo el apetito y aportó calorías a los cubanos a lo largo de la historia en tiempos de necesidad, incluido el Período Especial, hasta que el comandante «mandó a parar», o sea a desmontar, la industria azucarera hace veinticuatro años. O porque no hay modo de cocinar lo poquísimo que tienen, ya que sin gas, sin electricidad a veces por cuatro días consecutivos, sin dinero para adquirir el carbón carísimo, y sin leña, no pueden hacerlo.

Me consta que hay personas llegando con fatiga o hipoglicemia a las consultas médicas, y a la pregunta: ¿comió algo hoy? responden negativamente. Se les pone un suero de dextrosa, cuando hay, o se les remite al hospital si el cuadro es más delicado. Un amigo del barrio me contó que, en una cola, varios conocidos decían no haber ingerido alimentos durante dos días.

La situación es dramática y no admite más demora. Hay gente que muere de inanición. Solo falta que tomemos conciencia de ello y nos impliquemos como ciudadanía.

No se trata únicamente de que exijamos derechos políticos. Se trata del derecho a seguir vivos, que ahora mismo no todos tienen garantizado en Cuba.

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