
La niña del napalm de la que el castrismo ya no habla
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Durante décadas, los libros de texto y la televisión estatal cubana utilizaron la imagen de Phan Thị Kim Phúc, la niña que corría desnuda y quemada por el napalm en Vietnam, como un arma de propaganda. Era la prueba viviente de la «barbarie imperialista», el rostro del dolor que el socialismo, según ellos, combatía.
Sin embargo, jamás te contaron el final de esa historia. Porque el final de Kim Phúc es la peor pesadilla para cualquier régimen totalitario: ella no se convirtió en una soldado del odio, sino en una defensora del perdón y la libertad.
El gobierno comunista de Vietnam, una vez que la imagen de Kim Phúc ya había cumplido su función propagandística, decidió que debía seguir siendo útil. La retiraron de la universidad, la convirtieron en un trofeo ambulante del socialismo y la utilizaron durante años como un símbolo de su «victoria moral». En 1986, la enviaron a estudiar a Cuba, la isla que el castrismo vendía como el paraíso de la solidaridad. Pero Cuba no era un paraíso, era una jaula. Y Kim Phúc, sin saberlo, estaba a punto de encontrar la salida.
En La Habana conoció a su esposo, un estudiante vietnamita como ella. Juntos soñaron con una vida que no estuviera controlada por el Partido. En 1992, durante un viaje de bodas hacia Moscú, la pareja hizo lo que ningún manual de propaganda cubano había previsto: en una escala técnica en Gander, Canadá, descendieron del avión, pidieron asilo político y nunca regresaron. La niña que el régimen utilizó para odiar escapó del sistema que la había instrumentalizado.
Lejos del control del Partido, Kim Phúc se estableció en Canadá, se convirtió al cristianismo y fundó una organización para ayudar a niños víctimas de la guerra. No se convirtió en una figura del odio, sino del perdón. Hoy, la mujer cuya imagen usaron para adoctrinar a generaciones enteras vive en democracia, abraza la libertad y ha denunciado el control y la opresión de los regímenes totalitarios que intentaron adueñarse de su vida. El castrismo, que nunca mostró esta parte de la historia, prefirió mantener a Kim Phúc en el pasado, congelada en su sufrimiento, como un recordatorio de que su narrativa era más importante que su vida.
El gobierno cubano, que durante décadas se alimentó de imágenes de dolor ajeno, sigue sin contar esta historia. Porque si contara que la niña del napalm escapó del socialismo, que eligió la libertad y que hoy condena los sistemas que la usaron, su relato se desmoronaría. Kim Phúc no es un trofeo, es una persona. Y su vida es la prueba más contundente de que la propaganda socialista usa las tragedias humanas para sus discursos, pero sus propias víctimas, cuando pueden, siempre terminan huyendo hacia el mundo libre. Esa es la historia que el régimen cubano nunca te contó. Porque le duele demasiado.






