
El beso que le costó el cargo al guardián de la virtud
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay países donde besar la mano de una anciana es, simplemente, un gesto de respeto. Y luego está la República Islámica de Irán, donde un presidente podía desafiar al planeta con su programa nuclear, llamar «imperio del mal» a medio Occidente y sobrevivir políticamente… para acabar metido en una tormenta moral por hacer algo tan elemental como besar la mano de su antigua profesora. Así es la vida, señores: uno puede amenazar con borrar a Israel del mapa y nadie se inmuta, pero si se atreve a mostrar afecto a una mujer mayor, cuidado, que eso ya es herejía.
La foto es de 2007. Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán desde 2005 hasta 2013, inclina la cabeza ante una mujer mayor y le besa la mano con reverencia. La escena evoca a un nieto aplicado visitando a su abuelita. Es una imagen humana, casi entrañable… y eso es lo peligroso. Porque el régimen iraní ha construido una maquinaria donde el contacto físico entre hombres y mujeres ajenos al vínculo familiar está sometido a una vigilancia obsesiva. El mismo sistema que dictamina la longitud del pañuelo femenino y segrega las aulas universitarias se encontró de pronto con su presidente protagonizando una escena demasiado… humana.
Los ultraconservadores del clero y la prensa iraní no tardaron en saltar. Acusaron a Ahmadineyad de comportamiento «indecente». No porque hubiera erotismo en la imagen, ojo, sino por la herejía política: un hombre tocando con afecto a una mujer fuera de su círculo familiar ante las cámaras. En un régimen que controla cada centímetro de la interacción social, aquel gesto fue un desafío a su gramática del poder. Pero lo más delicioso del caso es que Ahmadineyad no era un reformista liberal, sino uno de los rostros más duros del aparato ideológico iraní. Un hombre hecho a sí mismo dentro de esa maquinaria severa y puritana. De repente, el guardián de la ortodoxia aparecía en portada haciendo algo tan subversivo como mostrar gratitud.
La paradoja de los ultramoralistas
La escena dejó al descubierto una paradoja recurrente en los regímenes ultramoralistas: cuando conviertes cada gesto cotidiano en una cuestión de Estado, acabas transformando la normalidad en una amenaza. Mientras medio país lidiaba con la inflación, las sanciones y la asfixia económica, los guardianes de la virtud debatían si un beso respetuoso en la mano atentaba contra la pureza islámica. El Imperio persa, heredero de Ciro y Darío, convertido en un patio de vecinos obsesionado con las etiquetas de urbanidad. Como si no tuvieran cosas más importantes que hacer, como si el pueblo no estuviera pasando hambre mientras ellos discuten si un beso es pecado.
En un país acostumbrado a las grandes consignas revolucionarias, a los discursos grandilocuentes y a las amenazas geopolíticas, una de las imágenes más incómodas del presidente no fue una bomba, ni una guerra, ni una conspiración. Fue un gesto de respeto y cariño de un alumno hacia su profesora. Y ahí está la clave, mis queridos lectores: los regímenes que se toman demasiado en serio a sí mismos terminan siendo ridiculizados por lo más simple. Porque al final, el poder no se derrumba con misiles, sino con besos. Con besos y con la ternura que ellos mismos condenan. Y esa, señores, es la verdadera bomba.






