Abajo Canel: el cartel que la dictadura no pudo tapar

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Por Patxi Morales ()

Santa Clara.- El edificio de la foto, con ese letrero enorme delante, es el teatro de la Universidad Central de Las Villas. Y es la tercera vez que pintan un cartel contra el régimen. Tres veces. En el mismo lugar. A pesar de que desde hace un mes hay una patrulla —de día y de noche— velando porque no ocurra, porque nadie vaya a atentar contra el gobierno, porque ir contra Díaz-Canel es hacerlo contra la dictadura. Y todos sabemos que al castrismo le duele más un cartel que un crimen. De siempre.

Pues la gente, los pintores, se las han arreglado. Y tienen a punto de malparir a los encargados de vigilar, a los directivos de la UCLV, a la policía de la provincia. Porque ellos suponen que en ese lugar, donde se forman profesionales, nadie iría contra el castrismo. Solo que se cogieron el culo con la puerta. Y para colmo de males, inauguraron el curso escolar con el cartel ahí, con ese «Abajo Canel» que le parte la cara al que se acerca. Buscaron banderas por aquí, por allá y acullá para intentar tapar el mensaje. Pero no pudieron. No pudieron.

Y ese no es el problema. El problema es dónde. Porque en esa universidad estudió Miguel Díaz-Canel. Allí se convirtió en dirigente de la juventud comunista. De ahí pasó a dirigir a los jóvenes en la provincia y luego al partido. Allí va muchas veces cuando visita Villa Clara. Se reúne con antiguos colegas, con amigos. Como la madre de su periodista de cabecera, Leticia Martínez, que es profesora del lugar. En ese sitio. En el lugar más visible. A pesar de estar custodiado por policías desde hace casi un mes, día y noche.

Y el cartel volvió a estar ahí

Pusieron un «Abajo Canel» que avergüenza al régimen. Que le rompe la cara. Que le recuerda que no hay patrulla que alcance, no hay bandera que tape, no hay guardia que impida lo que la gente piensa. Porque el castrismo puede encarcelar, puede vigilar, puede mandar policías a montar guardia día y noche. Pero no puede impedir que alguien, en la madrugada, con una brocha y un cubo de pintura, escriba lo que todos saben. Lo que todos dicen en voz baja. Lo que todos gritan con los ojos.

Tres veces. Tres veces en el mismo lugar. Y las dos veces anteriores, el régimen corrió a tapar. A esconder. A fingir que no pasó nada. Pero el cartel volvió a estar ahí. Ya lo habían visto miles. Ya era noticia. Ya era historia. Porque en Cuba, un cartel vale más que un discurso. Un cartel desnuda al poder. Lo deja en evidencia. Lo muestra tal como es: una dictadura que le teme a una pared pintada.

Y así inauguraron el curso escolar. Con el «Abajo Canel» brillando en el teatro de la UCLV. Con los directivos buscando banderas como locos para cubrirlo. Con la policía montando guardia para nada. Con Díaz-Canel enterándose de que en el lugar donde se formó, donde fue joven, donde todavía tiene amigos, alguien se tomó el trabajo de recordarle que no es bienvenido. Que no lo quieren. Que no lo respetan. Que en Cuba, a pesar de todo, todavía hay gente que no tiene miedo. Y que lo va a seguir diciendo. En la pared. En el teatro. En la universidad. Donde sea.

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