
El precio del triunfo: reflexiones sobre el poder y la destrucción
Por René Fidel González ()
«Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse; los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra». (17 de noviembre de 2005, Universidad de La Habana).
Santiago de Cuba.- Casi nunca se repara en el orden de prelación que establece su fuero interno. Dice «país» primero, aunque no lo nombra; luego lo disuelve dentro de un término que funciona como referencia del poder originario que ha ejercido hasta ese momento y que seguirá ejerciendo durante años. Es un término en apariencia místico. Reivindica una fuerza extraordinaria e infalible, inapelable, definitivamente histórica, aunque enmascara y oculta lo real. En realidad, es autorreferencial.
No es que todo quepa o se resuma en él; es que nada nunca será más importante que el grano de maíz. Es su historia, es su acto.
Un descendiente suyo lo definirá, después de muerto, tan solo como intenso. Fue más. Quiso ser otra cosa, y lo fue: protagonista. Implacable, además. Así llamaban los griegos al principal, al primer actor, combatiente, competidor: prótos. Agonistes proviene de agón, que es la contienda, el certamen o el conflicto.
Es preciso entenderlo. Después de él solo existen deuteragonistas y tritagonistas. Los primeros serán invariablemente antagonistas o confidentes; los segundos harán papeles secundarios o de mensajeros. Ya resulta más difícil entender qué es el resto: ¿espectadores o testigos?
Una frase lapidaria daría para un ensayo, pero ningún país se autodestruye como sí lo hace, siempre, el poder. Esto es lo que él entiende, quizás mejor que nadie.
Ha vivido hasta entonces lo suficiente para entender que lo que aquí llama culpa —mientras disuelve la responsabilidad, sus grados y alcances, la suya y la de otros— es el precio de la victoria, de sus triunfos, de cada uno de ellos. El problema siempre es más importante que las consecuencias.
Se puede acabar triunfando a través de la derrota. No todos logran entender que el triunfo no es una puesta en escena ni una imagen de lo que se será finalmente en la historia; todo eso es insignificante, en eso cree la vanidad inútil y obesa. El triunfo es sobre cada uno de los hombres y sus actos, sobre cada uno de los que se convirtió en un obstáculo y se interpuso: los contendientes, incluso sobre los que no comprendían que acabarían siéndolo. Ese problema es, por definición, infinito.
El triunfo verdadero no es sobre el hastío de la soberbia del éxito, ni sobre cada antagonista realmente importante o el peligro; es, por el contrario, sobre algo preciso y exacto: la obliteración, el ser obliterado. Ese es el confín final y absoluto de la impotencia y la inutilidad: la verdadera muerte. La otra es solo decadencia física.
Un país puede ser destruido, es cierto; pero hacer tal cosa es siempre doloso, no culposo. De eso tratan las consecuencias: remiten a la responsabilidad de los actos, a las causas de las cosas. Se tiene conciencia de cuándo y cómo se hace esto. Los que descifran la manera en que sus actos causarán la destrucción de un país no experimentan una premonición ni tienen una sospecha recurrente que les atormente a ratos; es todo lo contrario.
Los destructores de mundos —eso son— tienen seguridad de lo que hacen y conciencia de su responsabilidad por una razón fundamental. No es solo porque sean capaces de comprender los alcances de sus actos —incluso cuando ya no estén—, y la mayoría de las futuras interacciones que tendrán, las infinitas y casi increíbles variaciones perversas que crearán. Para crear un nuevo mundo en el que fueron los protagonistas, y en el que nada ni nadie pudiera imponerles más límite que el del fracaso, tuvieron que destruir otro, y no les importó.
¿Por qué lo hace entonces? ¿Por qué no se detiene?
En Preguntas de un obrero que lee, Bertolt Brecht se hizo otras preguntas. No se parecen en nada a estas dos. Dice:
«¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran solo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas?
¿Quiénes edificaron la dorada Lima?
¿En qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche en que se terminó
la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales Roma la grande.
Sus césares, ¿sobre quiénes triunfaron?
Bizancio, tantas veces cantada,
para sus habitantes ¿solo tenía palacios?
Hasta la legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo?
César venció a los galos. ¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida. ¿No lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Siete Años. ¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años. ¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas».
Para el protagonista no existen esas preguntas que elaboran al nosotros. ¿Con quién habla? Puede mencionar al otro enemigo, lo define y nombra una y otra vez, pero no al ellos.
Cuando ocurra la última escena y el último acto, inmediatamente después, ese nosotros educado y castigado una y otra vez para aprender a ser audiencia o espectadores, a escuchar o a ver, cada idea y cada gesto del protagonista, será traicionado, sea cual sea el testimonio que ofrezca. Es entonces que tiene que empezar la rebelión. Es el momento. El nuestro.






