
El habano que salva al universo… según el panfleto
Por Anette Espinosa
La Habana.- Como no pudieron hacer el Festival del Habano, ahora están haciendo propaganda digital y, por más ridículas que sean, hay que agradecerlas. No todos los días uno tiene el privilegio de leer una oda tan apasionada a un tabaco que, si uno les cree, casi debería tener un asiento permanente en la ONU.
El Cohiba Behike no es un puro; es poco menos que una aparición divina. Lleva hojas misteriosas, anillas con hologramas, nombres ceremoniales, medidas milimétricas y un relato épico digno de una película de Hollywood. Solo faltó decir que, al encenderlo, se restablece el Sistema Eléctrico Nacional y aparecen aspirinas en las farmacias.
Resulta enternecedor ese desfile de superlativos. El más exclusivo. El más prestigioso. El mejor guardado. El más esperado. El más caro. Todo es «el más», excepto el salario del cubano, que sigue compitiendo por ser el más miserable.
La propaganda dedica párrafos enteros a explicar el origen del Medio Tiempo, la fortaleza de la hoja, el diámetro del cepo y hasta la cantidad de milímetros del cigarro. En cambio, ni una línea sobre el agricultor que cultiva ese tabaco, vive con apagones, hace colas para conseguir aceite y apenas prueba el producto que exporta.
Esa es la verdadera obra de arte del castrismo: convertir un habano en símbolo de prosperidad dentro de un país donde escasea casi todo. El lujo viaja en cajas lacadas rumbo al extranjero; la libreta de racionamiento se queda en casa.
La guinda del pastel llega al afirmar que Cuba produce «los mejores tabacos del mundo». Puede ser. El problema es que el régimen lleva más de seis décadas empeñado en fabricar uno de los peores países para vivir.
Al final, el Behike termina siendo el retrato perfecto de la revolución: un producto reservado para millonarios, envuelto en propaganda grandilocuente y elaborado por un pueblo al que le venden sacrificio, resistencia y discursos, aunque jamás el lujo que presume el escaparate oficial.






