
La mañana que partió la historia
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En la base de Tinian, en el Pacífico, el silencio pesaba más que las bombas. El 5 de agosto de 1945, las tripulaciones del 509.º Grupo Compuesto recibieron las órdenes definitivas. No había discursos grandilocuentes, solo mapas, coordenadas y la certeza de que al día siguiente el mundo sería otro. La operación, cocinada en el secreto del Proyecto Manhattan, estaba lista. Y el encargado de servirla era un coronel de 30 años llamado Paul Tibbets, que había bautizado su avión con el nombre de su madre: Enola Gay.
A bordo viajaban doce hombres, ninguno de los cuales sabía realmente lo que estaban a punto de desatar. La bomba no se activó del todo hasta que el avión estuvo en el aire. Parsons, el responsable del armamento, quería evitar que la explosión ocurriera antes de tiempo. El vuelo duró casi seis horas, y las tripulaciones de los otros B-29 que volaban cerca ya habían confirmado el tiempo: cielo despejado sobre Hiroshima. El destino estaba escrito.
A las 8:15 de la mañana, desde 9.500 metros, el bombardero Thomas Ferebee soltó el artefacto. Cuarenta y tres segundos después, la ciudad se convirtió en un infierno de luz y ceniza. La bomba, llamada Little Boy, liberó una energía equivalente a 15.000 toneladas de TNT, aunque solo una pequeña parte del uranio llegó a fisionarse. Lo que no se fisionó, se convirtió en calor, en viento, en una oscuridad que aún hoy pesa sobre la memoria de Japón.
Tibbets no esperó a ver el resultado. Ejecutó la maniobra evasiva que había ensayado cientos de veces: un giro brusco de casi 160 grados para alejarse de la onda expansiva. El avión tembló como si fuera a despedazarse, pero resistió. En la distancia, Hiroshima ardía. Decenas de miles de personas murieron en ese instante; otras tantas morirían en las semanas siguientes, consumidas por la radiación. Tres días después, otra bomba, esta vez sobre Nagasaki, cerraría el capítulo más oscuro de la guerra.
Más de ochenta años después, el debate sigue abierto. Los que defienden la decisión dicen que salvó vidas al evitar una invasión. Los que la critican aseguran que Japón ya estaba derrotado y que el ataque fue innecesario. Lo cierto es que aquella mañana, sobre Hiroshima, el mundo aprendió que el poder de destrucción ya no se medía en batallones, sino en segundos. Y que la historia, a veces, se escribe con luz y sombra, con ciencia y con pecado.






