La perra que hizo un trabajo de ingenieros

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Un cable de comunicaciones podía decidir una batalla. Y para pasarlo bajo una pista de aterrizaje solo había un hueco de veinte centímetros. Demasiado estrecho para un hombre. Demasiado pequeño para una máquina. Justo del tamaño de una perra de cuatro libras.

A Smoky la encontraron en una trinchera abandonada de Nueva Guinea. Un soldado la recogió, y el cabo Bill Wynne pagó dos libras australianas por ella. No era un perro de guerra. Era una Yorkshire terrier de dieciocho centímetros que cabía en una mochila y dormía pegada a su dueño. Pero sobrevivió a bombardeos, tifones y doce misiones de combate como si nada.

En Lingayen, bajo la pista, había un tubo de veintiún metros. Los ingenieros necesitaban pasar el cable hasta tres escuadrones. Si cavaban, el aeródromo quedaba inutilizado durante días y doscientos cincuenta hombres y cuarenta aviones quedaban expuestos a los japoneses. Wynne ató una cuerda al collar de Smoky y la llamó desde el otro extremo. La perra entró sola. Desapareció en la oscuridad. Y salió al otro lado con la cuerda en el collar.

La alegría de Smoky

Nadie se acuerda de los cables que no se cortaron. Pero sí se acuerdan de Smoky en las salas de hospital. En 1944, cuando Wynne enfermó de dengue, sus compañeros la llevaron a visitarlo. Las enfermeras la pasearon de cama en cama. Los heridos volvieron a sonreír. Y eso, en un hospital de guerra, vale más que cualquier medalla.

Murió en 1957, mientras dormía. La habían encontrado por casualidad en un agujero de la selva. Un año después, aquel animal de cuatro libras estaba atravesando una tubería bajo una pista de guerra para hacer un trabajo que ningún soldado podía realizar. Hay héroes que no ladran. Pero a veces, los que ladran, son los únicos que caben.

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