El helado que sabía a gasolina

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En algunos barrios de Glasgow, la melodía de un camión de helados dejó de anunciar dulces y comenzó a señalar quién controlaba la calle. Durante las décadas de 1960 y 1970, esos vehículos eran pequeñas tiendas móviles que vendían pan, leche y cigarrillos en urbanizaciones sin comercios.

La rentabilidad de algunas rutas, sin embargo, atrajo a organizaciones criminales, y los helados empezaron a mezclarse con drogas y mercancías robadas. El territorio se defendía con amenazas, palizas y disparos. El negocio ya no era tan dulce.

Andrew Doyle tenía 18 años y trabajaba para la empresa Marchetti. Había resistido los intentos de apartarlo de su recorrido. La noche del 29 de febrero de 1984, un hombre enmascarado le disparó dos veces contra el parabrisas de su camión. Andrew sobrevivió. Seis semanas después, la intimidación alcanzó su forma más devastadora.

Un crímen sin resolver e inocentes presos

Alguien colocó material empapado en gasolina junto a la puerta del apartamento de los Doyle y lo encendió. El fuego bloqueó la única salida. Nueve personas dormían dentro. Solo tres escaparon. Murieron Andrew, su padre, dos hermanos, una hermana y el hijo de ella, un bebé de 18 meses. Seis miembros de una familia borrados en una madrugada. La guerra del helado había cruzado la línea.

La investigación condujo a Thomas Campbell y Joseph Steele. La acusación se basó en el testimonio de un delincuente y en confesiones verbales que los policías aseguraron haber escuchado. No había grabaciones. En 1984, ambos fueron condenados a cadena perpetua. Durante años insistieron en que eran inocentes. Steele se pegó a las rejas del Palacio de Buckingham en protesta. Campbell hizo huelgas de hambre. Nadie les creía.

Veinte años después, el testigo se retractó y los jueces anularon las condenas. Los dos hombres fueron liberados. Pero el tribunal no determinó quién había prendido el fuego. Los seis asesinatos de la familia Doyle siguieron sin resolverse. Las guerras del helado dejaron dos historias inseparables: una familia destruida y un sistema judicial que tardó dos décadas en reconocer que sus condenas no podían sostenerse. La justicia llegó tarde, y para los Doyle, nunca llegó.

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