
El vino era el filtro
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Los griegos bebían agua, claro que sí. Pero también desconfiaban de ella como quien desconfía de un vecino que sonríe demasiado. El agua pura era sospechosa: podía ser cristalina y traicionera. Por eso, el vino no era un lujo, era un seguro de vida. Mezclarlo con agua no era un capricho de borrachos, era una cuestión de supervivencia envuelta en etiqueta.
Para un griego de la época, beber vino sin rebajar era de bárbaros. Como ir a un banquete con las manos sucias. Lo normal era echarle tanta agua que el vino casi se disculpaba por estar ahí. Tres partes de agua, cuatro, a veces más. Lo importante no era embriagarse, sino que el agua no te matara. El vino era el disculpado, el que hacía que el líquido sospechoso pasara el examen del paladar.
Pero no era solo una cuestión de gusto. El agua de fuentes dudosas podía ser un veneno lento. El vino no la esterilizaba, pero mejoraba el sabor y quizás reducía algún riesgo. Era un filtro químico rudimentario, una manera de decirle al estómago: «tranquilo, esto tiene arreglo». No era ciencia, era intuición. Y la intuición griega, en esto, llevaba razón.
El agua era vida, pero también la muerte
Atenas era un paisaje de sed. Montañas, sequías, pozos y cisternas. Los griegos sabían de aguas estancadas, de pantanos que olían a enfermedad. Sabían que no toda agua era igual. Pero tener agua no era tener agua limpia. Las letrinas, los residuos, los ríos convertidos en desagües… el agua era el mensajero perfecto para la disentería y otros males que no tenían nombre pero tenían olor.
La peste de Atenas fue la prueba definitiva. Entre el 430 y el 426 a.C., mientras Esparta arrasaba el campo, la ciudad se hacinó tras sus murallas. El agua, la higiene, todo colapsó. Un tercio de la población murió. Siglos después, el análisis de dientes de aquel cementerio apuntó a la fiebre tifoidea. El agua contaminada, otra vez. El vino, que tanto ayudaba, no podía con una epidemia. Pero los griegos ya lo sabían: el agua era vida, sí, pero también podía ser muerte. Y por eso la miraban con respeto, con desconfianza, y la acompañaban siempre de vino.






