
La corrupción
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- La corrupción es un síndrome que padece una sociedad cuando la vergüenza es sustituida por la ambición y el afán de prosperar a costa del sacrificio ajeno.
Dicho esto, me voy a enfocar en un hecho esencial: para ser corrupto solo hace falta tener los medios para serlo. En las democracias la corrupción existe; es un mal endémico que nunca desaparece por completo. Sin embargo, se investiga, se denuncia, se publica y, en muchos casos, se castiga.
En los regímenes totalitarios ocurre algo muy diferente. Allí la corrupción deja de ser un delito excepcional para convertirse en una forma de gobierno. En Cuba, por ejemplo, mientras el pueblo sobrevive entre apagones, escasez y salarios miserables, los dirigentes, sus hijos y sus allegados viven completamente de espaldas a esa realidad. Disfrutan de una vida de privilegios, envían a sus hijos a estudiar en universidades extranjeras y les facilitan negocios dentro y fuera del país con posibilidades económicas que el cubano común ni siquiera puede imaginar.
Los ejemplos abundan. ¿De dónde obtiene el dinero el nieto de Raúl Castro para viajar en jet privado por distintas partes del mundo? ¿Cómo Sandro Castro, un joven que jamás ha trabajado en una empresa privada ni ha construido una fortuna conocida, puede administrar bares y discotecas y conducir automóviles de alta gama? ¿De dónde salió el capital con el que hijos de generales cubanos han establecido empresas en Estados Unidos? ¿Cómo se financian la ostentosa vestimenta de Liz Cuesta, los costosos relojes de Miguel Díaz-Canel o los viajes de Antonio Castro en yates de lujo por el Mediterráneo?
Ningún funcionario cubano, por elevado que sea su salario, puede costear semejante estilo de vida. Entonces, ¿cómo se llama eso? La respuesta es evidente: corrupción.
La corrupción es el Estado

Pero en Cuba la corrupción es un eufemismo. La ley solo se aplica a quienes ocupan los peldaños inferiores de la cadena de mando. Si conviene deshacerse de un ministro, se le acusa de corrupción. Si un diputado deja de levantar la mano para aprobar los lineamientos del Partido, no se le castiga por discrepar, sino por cualquier irregularidad que haya cometido durante años y que todos conocían, como desviar un cartón de huevos para alimentar a su familia.
Así funciona el sistema. Un lechero puede adulterar la leche con agua durante años sin enfrentar consecuencias. Basta con que manifieste su desacuerdo con el Gobierno para que, de pronto, el problema ya no sea su opinión política, sino la leche adulterada. La acusación nunca será por pensar diferente, sino por un delito que antes fue tolerado.
Ese mecanismo constituye una maquinaria perfectamente engrasada que ha logrado sostenerse durante más de seis décadas. La corrupción no es un accidente del sistema; es una herramienta de control. Se tolera mientras garantice obediencia y se castiga únicamente cuando deja de ser útil al poder.
Por eso, en Cuba la corrupción no es simplemente un problema del Estado.
La corrupción es el Estado.






