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Por René Fidl González ()

Santiago de Cuba.- ¿El Partido Comunista de Cuba, sus cuadros y militantes, darán aseguramiento político al proceso de restauración del capitalismo, a la privatización y a la conversión en mercancía y mercados de los derechos socioeconómicos y culturales; al desmantelamiento de las instituciones públicas; y al empobrecimiento de la población cubana mediante una modalidad feroz, importadora y expoliadora, corrupta, impune y autoritaria de explotación del hombre por el hombre?

¿Aceptarán la tarea —el trabajo político e ideológico— de invisibilizar, durante todo el tiempo que sea posible, la brutal y abismal desigualdad en la distribución de la riqueza; la opacidad y los manejos presentes en el otorgamiento, sin licitación, de cada licencia, instalación pública o patrimonio estatal; la privatización y remonopolización, de hecho y por privilegio, de actividades, operaciones e infraestructuras empresariales; así como la última etapa de la acumulación originaria de capital realizada por élites económicas, empresariales y políticas en Cuba, y la expansión hacia una fase pública, legal y ostensible de la pertenencia de sus miembros a una clase social de vencedores?

¿Harán todo eso mientras miran hacia otro lado ante los cubanos pobres, como ya hacen muchísimos, evitando encontrarlos en las calles y en los basureros donde sobreviven y comen?

Ya no pueden siquiera invocar la definición de una dictadura del proletariado. Es contra los proletarios, a costa de los proletarios, sin los proletarios. Los proletarios fueron siempre los pobres, el pueblo pobre.

Alguien tenía que decirlo. Ahora envíen, si se atreven, este mensaje a cualquier núcleo del PCC. Háganlo para que quienes siempre se sacrificaron primero y de verdad, si aún están entre nosotros, vuelvan a sentir lo que significa ser sinceros; lo que significa decir la verdad sin miedo; lo que significa no darse por vencidos por la decepción, por el sentimiento de estar siendo defraudados y traicionados.

Una historia de amor al poder

La mayoría de ellos se saben ya dentro de la mayoría de perdedores, de los excluidos, mendigos funcionales aún. La mayoría de ellos saben que la distancia que los separa de la indigencia, de la desnutrición y el hambre, de la ausencia de medicamentos, es, con mucha suerte, la que los separa de sus hijos y nietos.

¿Vanguardia de quién? ¿De cuál ideología? ¿Por qué en Cuba hay que seguir soportando la exclusión, la persecución y el castigo por las ideas políticas? Sí, eso es lo que hacen. Por eso son represores.

¿Por qué consentir que no exista igualdad política ni el derecho efectivo a ella? ¿En nombre de qué, y por qué, seguir asfixiando el anhelo de libertad y democracia, de justicia y dignidad, de felicidad, de los demás? ¿Por qué una mayoría habría de aceptar con tranquilidad el desastre que provoca el éxito de una minoría?

¿Vamos a seguir marchándonos de Cuba? ¿Vamos a seguir bajando la cabeza por miedo? ¿No nos da vergüenza? ¿No nos indignamos ya ante la injusticia y la mentira, ante el abuso?

Nuestra historia reciente —y también sus próximos episodios— es, en realidad, una historia de amor al poder. No hay épica. No hay honor. No hay una sola gota de decencia en ella.

Seguimos. Tenemos que seguir. Vamos a seguir.

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