
La revolución de los mediocres
Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- Todas las revoluciones prometen construir un mundo mejor. Sin embargo, la historia demuestra que casi todas terminan produciendo exactamente lo contrario: más autoritarismo, más pobreza y menos libertad. Cambian los hombres, cambian las consignas y cambian las banderas, pero el resultado suele ser el mismo.
La Revolución Francesa constituye un buen ejemplo. Con razones legítimas para rebelarse contra una monarquía decadente, las masas terminaron entregándose al fanatismo. La guillotina dejó de distinguir entre culpables e inocentes; el Terror se convirtió en política de Estado y hasta Robespierre, uno de sus principales impulsores, acabó perdiendo la cabeza bajo la misma máquina que había servido para imponer el miedo. De aquel caos surgió Napoleón Bonaparte, quien transformó la revolución en un imperio y condujo a Francia a una larga sucesión de guerras.
La Revolución Rusa tampoco fue diferente. Un pequeño grupo de borrachos encabezados por León Trotski tomó el poder prometiendo justicia social. El resultado fue la implantación de un sistema que sustituyó una forma de opresión por otra aún más poderosa. Después llegarían las purgas, los campos de trabajo forzado, las persecuciones y millones de muertos.
En China, Mao Zedong llevó esa lógica hasta extremos inimaginables. El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural provocaron una de las mayores tragedias humanas del siglo XX. Millones de personas murieron por hambre, persecuciones políticas o ejecuciones. La utopía terminó convertida en una inmensa maquinaria de sufrimiento.
¿Por qué todas terminan en dictaduras?
La pregunta es inevitable: ¿por qué las revoluciones terminan produciendo estos resultados?
Porque no nacen para limitar el poder, sino para concentrarlo. Como afirmó Mao, «ninguna revolución se hace para eliminar una dictadura, sino para sustituirla por la dictadura del proletariado». En otras palabras, no desaparece la dictadura; simplemente cambia de dueño.
Y ahí aparece otro problema, quizás el más importante.
El proletariado es indispensable para el progreso de cualquier nación porque produce riqueza con su trabajo. Su aporte resulta esencial para el desarrollo económico. Pero una cosa es trabajar y otra muy distinta gobernar. Como le dijera José Martí a Maximo Gómez “general, un país no se dirige como un campamento militar”.
Dirigir un país exige conocimientos, experiencia, preparación y capacidad para administrar instituciones complejas. Pretender que alguien está capacitado para gobernar únicamente por pertenecer a una determinada clase social resulta tan absurdo como pedirle a un zapatero que practique una cirugía de corazón abierto. Como decía mi madre: «Zapatero a tus zapatos».
El fracaso total de Cuba
Ese principio explica, en mi opinión, el fracaso permanente de la revolución cubana.
En Cuba no ascienden los más capaces. Ascienden los más obedientes. La llamada idoneidad no consiste en demostrar competencia profesional, sino en exhibir una fidelidad absoluta al poder. Poco importa si quien dirige una empresa desconoce la economía, si quien administra una industria jamás ha producido nada o si quien toma decisiones nunca ha demostrado talento para hacerlo. Lo único verdaderamente imprescindible es no cuestionar jamás las órdenes de la cúpula gobernante.
Cuando la lealtad sustituye al mérito, la mediocridad desplaza a la excelencia. Cuando la obediencia vale más que el conocimiento, el fracaso deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza.
Por eso, después de más de seis décadas de revolución, Cuba continúa atrapada en una crisis permanente. No es consecuencia del azar ni de un error pasajero. Es el resultado lógico de un sistema que premia la sumisión y castiga la capacidad.
Quizás por eso siempre he pensado que el verdadero lema del comunismo nunca debió ser «¡Proletarios del mundo, uníos!».
La realidad histórica parece haber demostrado otro mucho más preciso: «¡Mediocres del mundo, uníos!»






