Negociación Cuba-Estados Unidos: ¿transición o trampa?

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Washington mantiene contactos con figuras del núcleo castrista, pero la oposición y la sociedad civil no aparecen como participantes. Hablar no es el problema. El riesgo es que una sucesión autoritaria termine presentada como transición democrática.

Washington está hablando con quienes considera capaces de comprometer al poder cubano. La cuestión no es si debe hacerlo, sino qué se negocia, quién queda fuera y qué derechos recibirán los ciudadanos a cambio de cualquier concesión.

Durante décadas, una parte del exilio cubano defendió que Estados Unidos debía elevar la presión hasta obligar al régimen a ceder. Otra sostuvo que solo el diálogo podía abrir una salida. En 2026, ambas estrategias conviven: la Administración de Donald Trump ha endurecido la presión económica y política mientras mantiene contactos con figuras del sistema.

Esos contactos están documentados, aunque su alcance requiere precisión. Axios informó en febrero de conversaciones reservadas entre Marco Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y conocido como «El Cangrejo». Una fuente de la Administración las describió entonces como «discusiones sobre el futuro», no como negociaciones formales. En abril, el mismo medio informó de varias reuniones en La Habana y confirmó la presencia de Rodríguez Castro. Miguel Díaz-Canel también reconoció en marzo que existía un diálogo en fase inicial con Estados Unidos.

En julio, Rodríguez Castro declaró que estaba dispuesto a negociar con Trump si era designado para ello, pero añadió que no sacrificaría los principios de la revolución. La frase delimita el posible acuerdo: puede haber espacio para hablar de economía, inversiones, presos, sanciones o cooperación; no está claro que exista disposición a discutir quién tiene derecho a gobernar Cuba.

El interlocutor revela dónde está el poder

Raúl Guillermo Rodríguez Castro no llegó a su posición mediante una elección. Tampoco dirige formalmente el Gobierno, el Partido Comunista o la Cancillería. Su influencia procede de la familia, de su cercanía con Raúl Castro y de su acceso al núcleo donde se toman decisiones que no siempre pasan por las instituciones visibles.

Díaz-Canel ocupa la Presidencia. Bruno Rodríguez dirige la Cancillería. Manuel Marrero encabeza el Gobierno. Sin embargo, cuando Washington buscó un interlocutor próximo al poder efectivo, apareció el nieto de Raúl Castro.

La elección importa porque muestra la distancia entre la arquitectura formal del Estado y el lugar donde la Administración estadounidense cree que reside la autoridad. «El Cangrejo» puede representar a su familia y a una parte del aparato. No representa a la nación cubana.

Hablar con quienes controlan las Fuerzas Armadas, las cárceles, los puertos, las grandes empresas y los servicios de inteligencia puede ser inevitable. En determinadas circunstancias, también puede ser necesario. Una negociación puede liberar presos, facilitar alimentos, reabrir servicios consulares o impedir una confrontación.

El peligro comienza cuando el futuro político de Cuba se discute entre Washington y la élite castrista mientras los ciudadanos permanecen fuera de la habitación.

Negociar no es democratizar

Una negociación puede aliviar el sufrimiento sin cambiar la naturaleza del sistema. Puede liberar presos políticos, abrir sectores de la economía y reducir sanciones sin autorizar partidos, sindicatos independientes o prensa libre. Incluso puede sustituir a Díaz-Canel por una figura más joven y aceptable para Washington sin desmontar el poder militar, económico y represivo.

Las dictaduras también negocian. Lo hacen para ganar tiempo, aliviar sanciones, obtener reconocimiento, dividir a sus adversarios o entregar una parte de su control para conservar lo esencial.

Nada de esto convierte en inútiles los acuerdos parciales. Para quien sale de prisión o vuelve a abrazar a su familia, una excarcelación no es un gesto simbólico. Pero la prueba democrática no consiste en contar cuántas personas salen de la cárcel una tarde. Consiste en comprobar si, al día siguiente, cualquier cubano puede expresarse, asociarse y protestar sin ocupar su lugar.

También puede existir una apertura económica sin apertura política. Pueden autorizarse negocios, inversiones e importaciones mientras siguen prohibidos los partidos y la prensa independiente. El ciudadano podría abrir una tienda y continuar sin derecho a abrir un periódico, fundar una organización política o competir por la Presidencia.

Uno de los errores más frecuentes al observar una transición es confundir el movimiento de las figuras con el de las estructuras. Un régimen no deja de ser autoritario porque sustituya a un dirigente envejecido por un administrador más joven, competente y dispuesto a hablar con empresarios estadounidenses.

La democracia empieza cuando el ciudadano puede organizarse, expresarse, elegir a sus gobernantes y retirarlos del poder. Lo demás puede ser reforma, alivio o mejora. Todavía no es democracia.

Cuatro peligros de confiar la liberación de una dictadura a una potencia extranjera, según Gene Sharp

La advertencia de Gene Sharp

Gene Sharp abordó este problema en De la dictadura a la democracia, publicado originalmente en 1993 y disponible en la biblioteca del Albert Einstein Institution.

Sharp no rechazaba toda negociación. Su argumento era más incómodo: cuando está en juego la existencia de una dictadura, el resultado de la mesa depende menos de quién tenga razón que del poder que conserva cada parte.

El Estado cubano llega a cualquier conversación con policía, cárceles, tribunales, medios oficiales, recursos públicos y capacidad de castigo. ¿Qué puede llevar la sociedad a esa misma mesa?

Si el régimen conserva los instrumentos de coerción y la oposición carece de organizaciones nacionales fuertes, el acuerdo reflejará esa desigualdad aunque el documento invoque la reconciliación, la soberanía y el futuro. Las preguntas pertinentes son otras: ¿qué puede hacer una parte si la otra incumple?, ¿qué puede perder el régimen?, ¿qué puede exigir la oposición?, ¿quién garantiza lo pactado?

En una negociación comercial se distribuyen costes y beneficios. En una negociación sobre una dictadura, la concesión puede consistir en reservar a una élite poder permanente dentro del futuro Estado. Ahí reaparece la pregunta de Sharp: ¿dónde queda la democracia?

Los intereses de Washington no son los de la sociedad cubana

Estados Unidos puede preferir una Cuba democrática, pero su política exterior no se diseña únicamente alrededor de la libertad de los cubanos. Washington también busca estabilidad en el Caribe, control migratorio, seguridad marítima, cooperación contra el narcotráfico, protección de inversiones y menor influencia de Rusia, China e Irán.

Son intereses normales para un Estado. El error sería suponer que siempre coinciden con el objetivo democrático cubano.

Una nueva élite de La Habana podría ofrecer cooperación, apertura económica y estabilidad a cambio de varios años sin elecciones libres. Podría alejarse de Moscú y Pekín mientras conserva el control de las Fuerzas Armadas, el Ministerio del Interior y GAESA, el conglomerado empresarial administrado por los militares.

Washington podría presentar ese resultado como una victoria estratégica. Los cubanos podrían descubrir que solo ha cambiado la forma de administrar su falta de libertad.

La democracia puede aplazarse sin fecha

Las grandes renuncias rara vez se anuncian como tales. Suelen presentarse como etapas: primero evitar el colapso; después estabilizar la electricidad; luego garantizar alimentos y combustible; más tarde atraer inversiones. Las elecciones quedarían para cuando la economía estuviera preparada.

La secuencia puede parecer razonable. El peligro aparece cuando la democracia se convierte en la última fase de un calendario sin fecha.

Mientras tanto, el Gobierno cubano puede liberar presos a cambio de sanciones, aceptar reformas económicas y ofrecer cooperación de seguridad. Washington obtiene resultados; la élite cubana gana tiempo; la población respira. El poder, sin embargo, no cambia de manos.

La ayuda puede convertirse en tutela

Trump habló públicamente en febrero de una posible «toma amistosa» de Cuba, sin explicar qué significaba la expresión. La declaración fue recogida por medios internacionales, pero no estuvo acompañada de un plan jurídico o político.

Cuba no es una empresa quebrada que pueda cambiar de propietario ni un territorio disponible para ser administrado desde Washington. El castrismo ha explotado durante décadas el conflicto con Estados Unidos para justificar su control interno, pero esa manipulación no altera un principio básico: la soberanía de Cuba pertenece a sus ciudadanos.

Estados Unidos puede imponer costes a los responsables de la represión, facilitar garantías, alimentos, comunicaciones y observación internacional. No puede sustituir la voluntad de los cubanos por la suya. El fin de la tutela castrista no debería inaugurar otra tutela.

Ninguna ayuda exterior sustituye una fuerza interior

Cuba no cuenta hoy con una oposición organizada capaz de imponer por sí sola una transición. Existen activistas, periodistas independientes, artistas, familiares de presos, organizaciones del exilio y ciudadanos dispuestos a protestar. No existe, sin embargo, una estructura nacional unificada, con presencia territorial, liderazgo reconocido y capacidad para sostener una presión continuada.

Parte de la oposición está en prisión y otra parte en el exilio. Dentro del país, la vigilancia y el miedo dificultan la organización estable. Fuera de la isla, las divisiones personales, ideológicas y generacionales han impedido construir una estrategia común.

Eso no es un defecto moral del pueblo cubano, sino uno de los resultados de la dictadura. Durante décadas, el régimen destruyó partidos, sindicatos, asociaciones, medios y liderazgos independientes. Comprendió que un individuo aislado puede protestar, pero una institución puede disputar poder.

La consecuencia forma un círculo: como la oposición es débil, otros pueden excluirla; como la excluyen, no obtiene reconocimiento, experiencia ni capacidad para fortalecerse. La ayuda internacional debería romper ese círculo, no reemplazar a la sociedad civil.

Quién puede bloquear una transición

Dentro del régimen cubano no todos tienen los mismos intereses. Puede haber militares que teman el caos, administradores favorables a una apertura económica, funcionarios preocupados por su futuro y dirigentes ideológicos que rechacen cualquier concesión.

Varios sectores, sin embargo, tienen motivos para impedir una democratización completa:

  • Los mandos de las Fuerzas Armadas pueden temer la pérdida de influencia y privilegios.
  • Los responsables de la represión pueden temer investigaciones y procesos judiciales.
  • Los administradores de GAESA pueden tratar de conservar el control sobre empresas, divisas, hoteles, bancos y comercios.
  • Los dirigentes del Partido Comunista pueden aceptar más mercado sin aceptar la posibilidad de perder unas elecciones.
  • La familia gobernante tiene interés en administrar la sucesión de Raúl Castro y proteger su posición.

No hace falta imaginar una conspiración perfecta. Basta con reconocer incentivos. Una parte del aparato puede estar dispuesta a cambiar para conservarse; otra puede preferir resistir. Los reformistas pueden querer mejorar la economía sin tener intención de entregar el poder.

Por eso «El Cangrejo» resulta significativo. Representa la posibilidad de un castrismo distinto en las formas: más joven, menos ceremonial, más orientado a la economía y dispuesto a conversar con Washington. Su límite declarado sigue siendo la revolución.

¿Protegerla significa preservar determinadas políticas sociales, mantener al Partido Comunista como fuerza superior del Estado, conservar las empresas militares, garantizar impunidad o impedir que los cubanos elijan una alternativa? Mientras la respuesta no sea pública, la cautela no es paranoia. Es responsabilidad.

La lección de Venezuela

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de 2026 retiró al jefe visible del régimen venezolano, según informó la propia Casa Blanca. El aparato chavista no desapareció con él. Delcy Rodríguez asumió el control provisional y permanecieron instituciones, mandos militares, redes económicas y mecanismos de coerción construidos durante años.

Venezuela y Cuba no son el mismo país. Sus sociedades, Fuerzas Armadas y economías son diferentes. La lección transferible es más limitada: retirar al gobernante no equivale a desmantelar el régimen.

Una potencia extranjera puede considerar más seguro negociar con alguien procedente del sistema que entregar de inmediato el poder a una oposición percibida como fragmentada o incapaz de controlar el Estado. Puede llamarlo pragmatismo. También puede terminar conservando el autoritarismo bajo supervisión exterior.

Cinco escenarios para Cuba: acuerdos limitados, continuidad del régimen, capitalismo sin libertad, transición democrática o vacío de poder

Cinco escenarios para Cuba

No sabemos qué se discute en todos los canales abiertos ni si las conversaciones avanzarán. Por eso no corresponde anunciar un pacto inexistente. Sí es posible definir cinco escenarios para interpretar las noticias de los próximos meses.

1. Acuerdos concretos sin transición política

Estados Unidos y Cuba podrían alcanzar entendimientos sobre migración, combustible, comunicaciones, presos, seguridad o cooperación regional. Sería el desenlace más limitado y quizá el más inmediato.

Podría reducir sufrimientos y evitar una crisis mayor. La señal sería clara: habría medidas prácticas, quizá alivio parcial de sanciones y excarcelaciones, pero no legalización de partidos, libertad de prensa, sindicatos independientes ni calendario electoral.

No habría que rechazar esos avances. Tampoco llamarlos democracia.

2. Cambiar el rostro para salvar el sistema

Díaz-Canel podría perder importancia o ser sustituido por una figura procedente de la familia Castro, las Fuerzas Armadas o el entramado de GAESA. Sería presentada como pragmática, moderna y capaz de entenderse con Estados Unidos.

La retórica ideológica disminuiría y llegarían reformas económicas, liberaciones y gestos de distensión. El núcleo permanecería: partido único, empresas militares, Seguridad del Estado y ausencia de elecciones competitivas.

Washington obtendría estabilidad; la élite cubana conservaría poder; el país recibiría una nueva administración, no una nueva república.

3. Capitalismo sin libertad

Cuba podría ampliar el mercado, la inversión y los negocios privados bajo el mando político del Partido Comunista, en una evolución comparable en algunos aspectos a Vietnam o China.

Una economía más abierta podría mejorar la vida de muchas personas. También podría convertir a antiguos dirigentes y militares en los nuevos propietarios del país. Quienes hoy administran bienes estatales podrían aparecer mañana como empresarios y las compañías militares asociarse con capital extranjero.

El patrimonio público cambiaría de forma sin cambiar de beneficiarios. Habría más espacio para comerciar, pero no para competir por el poder.

4. Una transición pactada e inclusiva

Sectores del régimen aceptarían que no pueden conservar indefinidamente el monopolio político. Oposición y sociedad civil tendrían representación real. Estados Unidos y otros actores actuarían como facilitadores y garantes, no como propietarios del proceso.

No haría falta inventar un líder único. Podría establecerse una representación plural de opositores, periodistas, familiares de presos, organizaciones de derechos humanos, iglesias, trabajadores, empresarios privados, artistas, exiliados y participantes en las protestas del 11 de julio.

Una transición verificable debería incluir:

  • liberación incondicional de los presos políticos;
  • derogación de las normas que criminalizan la expresión y la asociación;
  • legalización de partidos, sindicatos y medios independientes;
  • registro electoral confiable y autoridad electoral imparcial;
  • observación internacional y calendario obligatorio de elecciones;
  • transparencia sobre GAESA y el patrimonio público;
  • control civil de las Fuerzas Armadas;
  • justicia para las víctimas sin persecución indiscriminada.

No todos los funcionarios del sistema tienen la misma responsabilidad. La justicia transicional debe evitar tanto la impunidad completa como la venganza colectiva. Una transición necesita presión, pero también garantías creíbles para quienes abandonen el monopolio del poder sin haber cometido crímenes graves.

5. Colapso y vacío de poder

Las conversaciones pueden fracasar. La crisis energética y económica puede agravarse, la élite dividirse o una nueva ola de protestas superar la capacidad de control del Estado.

La caída rápida de la autoridad no garantiza la democracia. Puede producir hambre, saqueos, migración, enfrentamientos y una intervención exterior más directa. También puede permitir que los mismos cuerpos armados impongan un gobierno provisional sin legitimidad popular.

Sin organizaciones capaces de administrar municipios, servicios, tribunales y seguridad, el vacío será ocupado por quienes ya disponen de estructura. La preparación de una transición no puede esperar al día después.

Cinco preguntas para evaluar cualquier acuerdo

Cuando se anuncie un acuerdo, estas preguntas permitirán distinguir un alivio, una reforma y una transición democrática:

  1. ¿Quién habló por los cubanos? Washington y la familia Castro no bastan.
  2. ¿Qué derechos recupera la población? No solo qué sanciones desaparecen o qué empresas pueden invertir.
  3. ¿Quién garantiza el cumplimiento? Una promesa sin verificación puede durar hasta que el régimen recupere fuerzas.
  4. ¿Cuándo podrán elegir los cubanos? Una transición sin calendario puede convertirse en otra forma de permanencia.
  5. ¿Cambió el poder o solo su administrador? Esta es la prueba principal.

Ayuda exterior sin sustitución política

La oposición cubana no posee hoy fuerza suficiente para desplazar por sí sola al régimen. Hay que decirlo sin rodeos. Esa debilidad no concede a Washington el derecho de decidir el futuro de Cuba ni convierte a un nieto de Raúl Castro en representante de la nación.

Rodríguez Castro puede hablar por su familia y una parte del poder. Díaz-Canel puede hablar por el Gobierno y el Partido Comunista. Marco Rubio y Donald Trump pueden hablar por la política exterior estadounidense. Ninguno puede hablar por todos los cubanos.

La ayuda internacional será necesaria, igual que la presión, la mediación y las garantías. Cuba no saldrá de una crisis de esta magnitud mediante consignas. Pero una cosa es ayudar a un pueblo a recuperar su soberanía y otra sustituirlo cuando llega el momento de ejercerla.

La transición no será democrática porque Estados Unidos la anuncie, ni porque el castrismo permita nuevos negocios, cambie de presidente o libere a una parte de sus presos. Lo será cuando cualquier cubano pueda organizarse sin pedir permiso, publicar sin miedo, competir por el poder y votar para expulsar del Gobierno a quienes gobiernan mal.

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