
Los amigos de la dictadura
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El diario Granma amaneció hoy con su dosis habitual de triunfalismo barato. Portada llena de mensajes de felicitación llegados desde Vietnam, Nicaragua, México, Chile, Italia, Zimbabwe, India y Venezuela. Una coreografía perfecta que el régimen cubano ensaya cada 26 de julio para demostrar que no está solo. Pero basta asomarse a la realidad para descubrir que esos apoyos no son más que el eco de una propaganda que se repite año tras año, sin que ninguno de esos «solidarios» países tenga que vivir un solo día bajo el castrismo.
En esa misma portada, Granma se esfuerza por mantener viva la leyenda del Moncada. Hablan del «liderazgo» de Fidel, del «valor» de los asaltantes, de la «rebeldía» que cambió la historia. Pero olvidan contar que Fidel, el gran estratega, puso a su hermano Raúl en el Palacio de Justicia, el lugar menos peligroso, mientras él se «perdía» en una ciudad que conocía al dedillo porque allí había estudiado. Y así, con esa astucia de supervivencia, construyó el mito que hoy defienden los que nunca han pasado hambre.
Los mensajes internacionales que Granma publica con tanta pompa son reveladores. Vietnam, Nicaragua, Venezuela, países que viven sus propias dictaduras, amigos de la cúpula castrista desde tiempos inmemoriales. Todos ellos emiten comunicados, organizan marchas de unas cuantas decenas de personas, convocan a sus militantes a hacer bulla frente a las embajadas. Pero esos mensajes no engañan a nadie: la solidaridad con Cuba no se mide en declaraciones oficiales, se mide en alimentos, en medicinas, en libertad. Y de eso, ni una palabra.
Todo orquestado y el pueblo sufre
Mientras tanto, el pueblo cubano sigue esperando. Espera que el pan llegue a la bodega, que el transporte vuelva a pasar, que el médico tenga una aspirina que recetar. Los mismos que hoy felicitan al régimen desde el extranjero jamás han compartido una cola de tres horas bajo el sol, ni han visto a un niño enfermo sin medicinas, ni han sentido el frío de una nevera vacía. Pero eso no importa en la coreografía del poder: lo que importa es que la embajada de Cuba en cada país movilice a sus incondicionales para salir a marchar, aunque sean treinta personas en lugar de tres mil.
Y es que el régimen cubano se ha vuelto experto en fabricar escenarios de apoyo. Las resoluciones, las cartas, los pronunciamientos, los actos en la embajada, las ofrendas florales, las caminatas… Todo está orquestado para crear la ilusión de un respaldo que no existe. Porque el verdadero apoyo, el que no se compra con petróleo ni se negocia con diplomacia, es el que nace de la dignidad y la solidaridad genuina, no el que se ejecuta por orden de la secretaría de un partido.
A estos amigos de la dictadura, los que felicitan a Díaz-Canel mientras el pueblo cubano come cable, hay que decirles una cosa clara: ustedes no son solidarios, son cómplices. Cómplices del hambre, de la represión, de las limitaciones, de la persecución. Cómplices de un sistema que ha convertido a Cuba en un museo del dolor. Y cuando la historia pase factura, sus mensajes de felicitación no pesarán ni una migaja en la balanza de la justicia. Porque la verdadera lealtad no se escribe en telegramas, se demuestra en hechos. Y los hechos, aquí y ahora, gritan que Cuba no necesita más felicitaciones, necesita libertad.






