
El acero y la niebla
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La niebla no era solo agua; era polvo de incredulidad. Aquella mañana de junio, los policías dispararon contra una silueta que avanzaba lenta, y las balas, en lugar de derribarla, la besaron sin dañarla. Durante un minuto eterno, el tiempo se detuvo. Lo que venían no era un hombre, sino una mole de chatarra andante, un espectro cojo que caminaba hacia ellos. La duda, más que el plomo, fue la primera en hacer blanco en sus corazones.
Había sido al amanecer del 28 de junio de 1880, en el polvoriento Glenrowan. Ned Kelly y su banda habían convertido la posada en una fortaleza de rehenes, esperando descarrilar un tren de policías para sembrar el caos en Benalla. Pero un maestro, Thomas Curnow, desbarató el plan con una advertencia a tiempo. El convoy no cayó en la trampa; los uniformados llegaron con los dientes apretados y la pólvora humeante, cercando el edificio para un cuerpo a cuerpo que prometía ser largo.
Kelly, herido y agazapado entre los árboles durante la noche, se levantó con las primeras luces como un autómata del infierno. Vestía cuarenta y cuatro kilos de hierro forjado con viejos arados, una coraza que cubría su cabeza y su torso. Avanzaba tambaleándose, escupiendo fuego con sus pistolas, mientras los proyectiles rebotaban en las placas con un sonido metálico y sordo. Los testigos lo compararon con un fantasma, con el demonio o con el bunyip, esa criatura legendaria que el folclore australiano escupe desde sus lagunas negras.
Pero la armadura, como todas las fábulas, tenía una grieta: la carne desnuda de brazos y piernas. El sargento Arthur Steele, más frío que el acero, apuntó a la base del coloso. Los disparos en los muslos derribaron al gigante de hierro, que cayó como un saco pesado. Mientras, la posada se convertía en una hoguera; Joe Byrne murió bajo una bala, y Dan Kelly y Steve Hart quedaron devorados por las llamas. El mito se desmoronaba entre chispas y humo.
Melbourne lo juzgó y la horca lo devoró en noviembre de aquel mismo año. Para unos, un héroe contra la autoridad abusiva; para otros, un asesino vulgar. Lo indiscutible es que, durante esos minutos de bruma en Glenrowan, la realidad titubeó ante la leyenda. Un hombre de hierro hizo dudar a la muerte, y aunque la bala le ganó la partida, su sombra blindada sigue vagando en la memoria australiana, justo donde la niebla se encuentra con el acero.






