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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Esta señora, la del vídeo que analiza Luis Dener, habla como si hubiera nacido en el sótano de la CIA, pero con el libreto de la oficina de censura de La Habana. Saca a pasear su retórica oxidada, la del miedo a las bombas que no tienen nombre y a la casa del familiar en Miami que podría volar por los aires. Pero permítanme decirle que su discurso, más que una advertencia, parece un acto de magia: intenta hacer desaparecer la realidad con un juego de espejos. Se preocupa por una agresión que no ha ocurrido, mientras la agresión más real y sistemática es la que ya está matando a su propio pueblo, todos los días, sin bombas, sin estruendo: con hambre, con silencio y con la indiferencia de sus amos.

Señora, no me venga con que los que tienen negocios en Estados Unidos van a perderlo todo por culpa del gobierno cubano y la familia en la isla. ¿Pero usted cree que el mundo gira alrededor de sus cuentas bancarias? Eso no es un argumento, es un chantaje digno de una película de gángsters de serie B. Usted defiende a un régimen que ha expropiado hasta los sueños de los cubanos, mientras los jerarcas se dan la gran vida en lujosos hoteles y los soldados montan guardia para que nadie toque sus privilegios. ¿Qué negocios ni qué pérdidas? Los únicos que están perdiendo son los niños que no tienen zapatos para ir a la escuela, y a esos, señora, usted no los ve.

Y su ataque a los pastores es la joya de la corona de su hipocresía. Dice que los pastores están para hablar de la Biblia y no de política, pero cuando los burócratas del Partido dan sermones de tres horas en la televisión estatal, eso no es política, ¿verdad? Eso es «educación popular». Los pastores tienen todo el derecho, y la obligación moral, de denunciar que en Cuba hay presos políticos, que hay niños sin leche y jóvenes sin futuro. Usted les exige que se callen porque la verdad les arde, señora, les arde como arde el estómago vacío de un cubano que no tiene ni para un hueso de fideo.

El lado bueno no es el suyo

Ah, pero su argumento estrella es Marco Rubio y Vietnam. Dice que si él recibe a Vietnam, que es comunista, entonces ¿por qué no a Cuba? Pero Vietnam, aunque comunista, es una economía que despegó dejando atrás la cartilla obsoleta de la planificación central. En Vietnam hay fábricas, hay arroz, hay turismo, y su gente no se está muriendo de hambre en las calles. ¿Y Cuba? Cuba es un museo de la miseria, un país que vive de las remesas, de las mentiras y de la nostalgia de los que se fueron. ¡No sea ridícula, señora! Comparar a Vietnam con Cuba es como comparar un avión supersónico con un carretón de bueyes: ambos se mueven, pero uno llega a algún lado.

Y ojo, que esto es lo que más les duele: no son solo los cubanos exiliados los que piden que Trump o quien sea mande tropas para acabar con el castrismo. Son los que están dentro, los que no pueden salir, los que sufren el desabastecimiento, la represión y la falta de libertad. Son ellos, los que no tienen luz, los que no tienen agua, los que ven a sus hijos emigrar, los que claman desde dentro porque ya no aguantan más. Así que su argumento de que la intervención es un invento de la «generación de Miami» se cae como un castillo de naipes. Los que están en la isla también quieren que esto termine, y no con una invasión, sino con el simple derecho a vivir sin miedo y sin hambre.

Así que, señora, si usted defiende con tanto ahínco al régimen asesino de los Castro y de Díaz-Canel, le propongo algo: deje el micrófono y el sillón de Miami, y venga para Cuba. Venga a «disfrutar» de las bondades de la revolución, viva un año en la isla sin acceso a sus dólares, sin sus conexiones, sin su doble moral. A ver si entonces sigue hablando de bombas sin nombre, de pastores que se callan y de vietnamitas de comparación. Porque la prueba de fuego de su discurso no está en la televisión, sino en la cola de una bodega esperando una libra de arroz. Los cubanos de verdad, los que sufren, los que sueñan con libertad, ya eligieron su lado. Y no es el suyo.

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