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Por Luis Alberto Ramírez ()

La Habana.- En caso de que fuera necesaria una intervención militar de carácter humanitario en Cuba, sería muy difícil dejar las riendas del país en manos de una oposición fragmentada y totalmente desunida. De ser así, a las fuerzas de ocupación no les quedaría otra alternativa que hacer algo similar a lo ocurrido en 1898: asumir temporalmente la administración de la isla hasta que los diferentes sectores de la oposición logren organizarse, inscriban sus respectivos partidos políticos y se convoquen elecciones libres en un plazo no menor de noventa días.

Sin embargo, aquí surge una pregunta aún más importante: ¿quién asume la responsabilidad de estabilizar un país con su infraestructura prácticamente destruida y una sociedad profundamente frustrada? La inversión necesaria sería gigantesca, probablemente superior a la que representó el Plan Marshall para reconstruir Europa después de la Segunda Guerra Mundial. A mi juicio, el castrismo ha causado a Cuba un daño mayor que el que las bombas de Hitler causaron a buena parte de Europa.

En materia de alimentación no creo que existan grandes dificultades. El mundo entero probablemente se volcaría en ayuda humanitaria; los exiliados acudirían al rescate de su país y la creatividad del pueblo cubano volvería a ponerse a prueba. Sin embargo, hay un problema mucho más complejo: ¿cómo se resolverá la crisis del agua potable? Las instalaciones hidráulicas son extremadamente antiguas; las tuberías tienen más agujeros que un colador y hoy se desperdicia más agua de la que realmente llega a los hogares.

Por eso la Casa Blanca se lo piensa

Quien piense que en una Cuba liberada los apagones desaparecerán de un día para otro está equivocado. Lo que mantiene al país a oscuras no es únicamente la falta de combustible, sino el avanzado deterioro de las plantas generadoras y de todo el sistema electroenergético nacional.

Por eso considero que cualquier intervención humanitaria tendría que planificarse con extremo cuidado. Cada paso del proceso poscastrista debería estar cuidadosamente calculado, porque un solo error podría echarlo todo a perder.

Esa es la razón por la que, en mi opinión, la actual administración estadounidense se está tomando su tiempo. Creo que actuará de forma similar a como ha manejado el caso venezolano: aprovechar la propia estructura del régimen para facilitar una transición gradual, permitiendo que el castrismo termine diluyéndose frente a la democracia y la libertad.

¿Y tú qué crees?

Ayer, durante una tertulia con un amigo, él me recordaba que dentro del propio sistema existen figuras castristas con las que eventualmente se podría negociar, incluso atraer hacia un proceso de transición. Me puso como ejemplo a Manuel Marrero. Según él, se trata de un hombre ambicioso, trepador y astuto que, aunque defiende públicamente a la Revolución, nunca ha llamado a la confrontación entre cubanos. Ha hablado de resistencia y de salvar la Revolución, pero mi amigo considera que todo eso forma parte de una estrategia de supervivencia política; simple retórica para sobrevivir al castrismo o seguir viviendo de él.

—¿Entonces tú crees que en Cuba simplemente van a quitar a uno para poner a otro? —le pregunté.

Mi amigo, completamente convencido de esa posibilidad, respondió afirmativamente.

Entonces le insistí:

—¿Tú crees que el pueblo cubano se va a tragar esa guayaba?

Él, con absoluta serenidad, me respondió:

—¿Y qué otro remedio nos queda?

A usted, que ha leído este análisis hasta el final, le hago la misma pregunta. Como parte expectante de este proceso, y siendo uno más de los que vive con la incertidumbre sobre el futuro de Cuba, ¿cree usted que esa sería la mejor decisión para poner fin al castrismo?

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