
Clásicos del desprecio
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En la Roma clásica, el insulto era un deporte nacional. Cicerón y Catulo lo convirtieron en literatura, pero en las calles, el ciudadano de a pie no andaba con rodeos. Iban directos a la yugular: a la higiene, a las taras físicas, a la cobardía o a la vagancia. Lo que hoy nos suena a palabra culta nació como un puñetazo verbal en medio del Foro. Vamos a repasar algunos de esos golpes bajos que, con los siglos, se han vuelto de lo más normalitos.
Estúpido es de esos. Hoy lo decimos por cualquier tontería, pero el romano que te llamaba stupidus te estaba viendo congelado, tieso, con la boca abierta y el cerebro en pausa. No era solo falta de luces, era esa pasividad pasmosa que ponía de los nervios a una sociedad que se movía a velocidad de conquista. El verbo stupere significaba quedarse paralizado. Y ojo, que de ahí nos vienen también estupefaciente o estupor, por si algún día quieres insultar con propiedad.
Cobarde y pusilánime. Para una máquina de guerra como Roma, no había pecado mayor que la falta de huevos. Pusillus era pequeño, insignificante; animus, el alma, el valor. Llamar pusilánime a alguien era decirle, sin sutilezas, que tenía el alma del tamaño de una uva pasa. No servías para la guerra, ni para la política, ni para nada. El insulto más antiguo de la masculinidad herida.
Alguno tomado de los griegos
Idiota. Este los romanos lo tomaron de los griegos, pero lo hicieron suyo con gusto. Viene de idios, que significa «propio» o «privado». ¿Y qué era un idiota para ellos? El tipo que pasaba de la política, que se desentendía de la ciudad, del debate, del bien común. No era que fuera corto de entendimiento; era que su egoísmo le volvía un imbécil. Con el tiempo, el desprecio hacia su actitud se convirtió en desprecio hacia su inteligencia.
Mentecato suena a insulto de abuela, pero tiene una mala leche bestial. Mens es mente, y captus, capturado o lisiado. Literalmente, el que tiene la mente secuestrada. O el lisiado del entendimiento. El romano lo usaba para señalar a ese pobre diablo que no era dueño de sus pensamientos, que se dejaba engatusar por cualquier charlatán y que, básicamente, su cerebro había decidido hacer huelga.
Y el crápula, el más divertido de todos, aunque no lo parezca. Crapula era la resaca, el dolor de cabeza y los vómitos después de una borrachera monumental. Los patricios, después de sus banquetes, terminaban hecho una piltrafa por los pasillos. Eso era la crapula. El insulto pasó de definir el síntoma físico a calificar al personaje que había hecho de esa resaca su forma de vida. Un golfo, un noctámbulo, un tipo al que le importaba un bledo despertar con la lengua pegada al paladar. Y así, entre vómitos y paralizaciones cerebrales, los romanos nos dejaron un diccionario de odio que aún usamos sin saberlo.






