El país que se hizo sin rey

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- A finales del siglo IX, un grupo de escandinavos con más huevos que cerebro se plantó en mitad del Atlántico Norte, en una isla que era básicamente un infierno de volcanes, glaciares y vientos que te partían el alma. No iban buscando oro ni tierras prometidas, iban huyendo. Huyendo del rey Harald Cabellera Hermosa, que se empeñaba en unificar Noruega a su puta manera, con corona y sin consultar a nadie. Y ellos, que preferían la libertad a una corona, dijeron: «Nos largamos». Y se largaron.

El primero en poner pie y quedarse fue Ingólfur Arnarson, un tío con nariz de pirata y más determinación que un perro con hambre. En el 874 fundó Reikiavik, justo donde hoy está la capital. Y lo hizo sin pedir permiso, sin escrituras, sin rey que le diera la bendición. En pocos años, miles de familias cruzaron el mar con sus bueyes, sus herramientas, sus dioses paganos y la idea de que allí, en aquella tierra maldita, iban a construir algo distinto. Y vaya si lo hicieron.

El país que se hizo sin rey

Lo más alucinante de esta historia es que Islandia no tuvo rey. No lo necesitaban. Los colonos montaron una sociedad basada en leyes, no en caprichos de palacio. En el año 930 crearon el Althing, uno de los parlamentos más antiguos del mundo, que todavía hoy sigue en pie. O sea, mientras en el resto de Europa los reyes cortaban cabezas por deporte, estos tipos se sentaban en una llanura a discutir las normas. Sin armaduras, sin tronos, sin majestades. Solo hombres libres decidiendo su futuro a base de palabra.

No fue una colonización cualquiera

Y lo mejor es que, gracias a ese aislamiento de cojones, conservaron durante siglos las sagas, poemas y leyendas que nos han contado cómo era el mundo vikingo. Sin esos colonos testarudos, hoy no sabríamos nada de Odín, de Thor, de los berserkers ni de las putas valquirias. Esa cultura, que podría haberse perdido como lágrimas en la lluvia, sobrevivió porque unos cuantos tipos se negaron a doblar la rodilla ante un rey.

Así que la llegada de los vikingos a Islandia no fue una colonización cualquiera. Fue la fundación de una sociedad que se hizo a su medida, sin esperar a que nadie les diera permiso. Una sociedad que aguantó el frío, el hambre, los volcanes y el aislamiento, y que hoy sigue mirando al pasado con orgullo, porque ellos, los que no querían rey, construyeron un país que todavía respira su misma esencia. Eso, amigos, es tener carácter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy