La sal del rey

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Felipe IV no era un rey cualquiera. Era el mismo que había disuelto a los Templarios con una sonrisa y se había quedado con su oro para pagar sus propias facturas. Así que cuando inventó la gabelle en el siglo XIV, nadie debería haberse sorprendido. Un impuesto sobre la sal que iba a durar cuatro siglos y medio. El Estado compraba toda la sal de Francia y la revendía a precio de monarca. El precio dependía de lo que necesitara el rey en ese momento: una guerra, un palacio nuevo o simplemente tapar el agujero de una corte que gastaba como si el dinero lo inventaran ellos.

Pero lo realmente genial, desde el punto de vista del rey y sus arcas, era que cada familia estaba obligada a comprar una cantidad mínima de sal al año aunque no la necesitaran. Sal de «porque lo digo yo y punto». Y si vivías en París, te costaba catorce veces más que al otro lado de la frontera provincial. Precios distintos según dónde te hubiera tocado nacer. Porque la justicia fiscal, como la suerte, nunca fue democrática.

La sal detrás de todo, hasta de la cabeza del rey

Los franceses, que no eran tontos, hicieron lo que cualquier pueblo con sentido común haría: contrabando. Los faux-sauniers cruzaban fronteras con mulas cargadas, compraban barato en Bretaña y vendían más barato que el Estado. Para el gobierno, delincuentes. Para sus vecinos, héroes. La corona creó entonces a los gabelous: una policía fiscal armada, uniformada y con poder para registrar casas, parar carros y revisar bodegas. El cuerpo más odiado de Francia antes de que se inventaran los radares. Las penas eran de las que te hacen pensártelo dos veces: multa, galeras temporal y, a la tercera, galeras para siempre. Con armas, muerte directa. Aun así, el negocio debía ser rentable: unos 3.500 detenidos al año, y el contrabando no cesaba.

En 1789 llegaron los cahiers de doléances, los cuadernos de quejas que cada pueblo envió a Versalles. La gabelle aparecía en casi todos. No era el único problema del Antiguo Régimen, pero era el más cotidiano. Luis XVI llevaba años prometiendo reformarla. Sus ministros le explicaban que era insostenible. La nobleza, que tenía sus exenciones compradas, decía que tocarla era un sacrilegio. El rey tomó nota, consultó, deliberó y… archivó. La Revolución tardó dieciséis meses en hacer lo que él no había hecho en veinte años: suprimirla. El 1 de diciembre de 1790 la Asamblea Nacional la abolió. Luis XVI perdió la cabeza en enero de 1793. No fue solo por la sal, claro. Pero la sal estaba ahí, en el fondo de todo, recordándole al pueblo cada mañana que el Estado les estaba robando.

Pero la historia no terminó ahí, porque en 1806 Napoleón, que siempre tenía una solución elegante para todo, reinstauró un impuesto sobre la sal. Lo llamó «derecho de fabricación», que suena mucho mejor. Los franceses lo llamaron, sin rodeos, la nueva gabelle. Duró hasta 1945. Casi seis siglos de sal y sangre. Y la próxima vez que eches sal a la comida, piensa que alguien, en algún momento, pagó por ella con algo más que monedas.

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