
Los usufructuarios ahora son inversionistas
Por Oscar Durán
La Habana.- Qué rápido cambia el discurso de la dictadura cuando se queda sin dinero. Hace apenas unos años, el cubano que decidía largarse del país era poco menos que un traidor. Un ingrato. Un desertor. Un usufructuario. Así los llamaban. Gente que, según ellos, había estudiado gratis, se había atendido gratis y después abandonaba la obra de la Revolución para irse a vivir al «imperio» o a cualquier rincón del mundo.
Hoy resulta que esos mismos «usufructuarios» son la gran esperanza económica del país. Qué maravilla. Ahora organizan foros por América Latina para pedirle a la diáspora que invierta en Cuba, fortalezca el socialismo y ayude a recuperar una economía que el propio régimen destruyó durante más de sesenta años.
Hay que tener la cara más dura que el mármol del Capitolio. Según Enrique Portuondo, presidente pro tempore de la Red de Cubanos Residentes en América Latina y el Caribe, los cubanos en el exterior tienen la responsabilidad de participar en la transformación del país y cumplir las medidas adoptadas por el gobierno. Traducido al español: ustedes huyeron porque aquello era un desastre, pero ahora les toca mandar el dinero para mantener vivo el mismo sistema del que escaparon.
Es como si el dueño del Titanic llamara por teléfono a los pasajeros que lograron llegar a tierra firme para pedirles que regresen con cubos a sacar el agua del barco. Ni el mejor guionista de Netflix escribe semejante disparate.
Lo más curioso es que nunca hablan de por qué existe una diáspora de más de dos millones de cubanos. Nunca explican por qué miles siguen cruzando fronteras, selvas y mares. Nunca mencionan los presos políticos, los apagones, la inflación, los hospitales destruidos, los salarios de hambre o la falta de libertades.
No. El problema siempre es el bloqueo. La culpa jamás es del modelo económico que quebró hasta la venta de croquetas.
Durante décadas expulsaron a los cubanos con actos de repudio, prohibiciones de entrada, regulaciones migratorias y campañas de descrédito. Al que se iba lo convertían en enemigo. Al que protestaba, en mercenario. Al que triunfaba fuera, en un vendido.
Pero cuando la caja registradora empezó a hacer eco, apareció la palabra mágica: inversión. Ahora sí somos patriotas. Ahora sí somos importantes. Ahora sí quieren que participemos.
Eso sí, con una condición: el dinero entra, pero las libertades no. Los dólares son bienvenidos; las elecciones libres, no. Las remesas sí; el pluralismo político, jamás. El inversionista puede poner el capital, pero quien manda sigue siendo el Partido Comunista.
Negocio redondo. Para ellos. El cubano emigró buscando exactamente lo contrario de lo que hoy pretenden venderle. Se fue para escapar de un sistema donde el Estado decide hasta cuánto puedes prosperar. Y ahora ese mismo Estado le pide que financie su continuidad.
No deja de sorprender el nivel de cinismo. Después de llamar usufructuarios a quienes abandonaron la isla, ahora les piden convertirse en socios del fracaso.
Primero nos echaron. Después sobrevivieron gracias a las remesas que esos emigrados enviaban. Y ahora quieren que además inviertan.
Lo único que falta es que mañana les entreguen una medalla por haber abandonado el país.
Con esta gente nunca se sabe.






