La pequeña explosión que salvaba el pellejo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante décadas, los ferroviarios llevaban explosivos en los trenes. Pero no para volar puentes ni para atracos de cine. Eran los llamados «torpedos», unas cápsulas de pólvora con pinzas de hierro que se colocaban sobre el raíl como quien pone una trampa al destino. No buscaban destruir, buscaban avisar. Y en aquel mundo de vapor y silbidos, un estampido seco podía ser la diferencia entre llegar a casa o quedarse en el camino para siempre.

El ruido era tan bestia que se colaba por el traqueteo de las ruedas y el silbido del viento. Era el grito mudo de un tren parado más adelante, de un obrero con un pico o de una señal que la niebla se había tragado. En tiempos sin móviles ni radios fiables, aquel petardazo era un telegrama de urgencia: «frena, que aquí hay lío». Y el maquinista, con la mano en el freno y el corazón en la garganta, obedecía sin discusión.

Algunos países usaban dos, otros tres, y hasta tenían su código morse de metralla. Pero todos cumplían la misma función: ser la voz de lo que aún no se podía ver. Porque la noche es larga, la niebla es traicionera y las vías de hierro no perdonan. Aquellos artilugios eran los ángeles de la guarda de acero que muchos desconocían, pero que todos agradecían en silencio cuando escuchaban el estallido salvador.

Una muralla sonora para los conductores

Eso sí, llevar explosivos en el bolsillo de un chaleco también tiene su aquel. Había que mimarlos, revisarlos y cambiarlos antes de que se volvieran cascarrabias. Porque una carga vieja es una mala compañera, y en esto de la pólvora no valen las confianzas. Aun así, durante décadas, fueron la muralla sonora entre el caos y el orden, entre el choque y la parada a tiempo.

Llegó la radio, llegaron los sistemas automáticos, y los torpedos se fueron quedando como reliquias de un tiempo más rudimentario. Pero en algunos vagones, aún hoy, siguen guardados para las emergencias. Porque no todo lo que explota es violencia. A veces, una explosión a tiempo es el mejor de los abrazos. Y aquellos pequeños cacharros, sin querer, enseñaron una lección que nunca deberíamos olvidar: que a veces hay que hacer ruido para salvar una vida.

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