
El terremoto que el mundo no quiere ver
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Un terremoto puede destruir una ciudad en cuestión de minutos. Derrumba edificios, cobra vidas y deja una estela de dolor que conmueve al mundo entero. Eso ocurrió recientemente en el estado de Carabobo, en Venezuela, una tragedia que merece toda la solidaridad con sus víctimas.
Pero existe otro terremoto, silencioso y prolongado, que lleva 67 años sacudiendo a Cuba. No se mide en la escala de Richter, sino en el deterioro constante de un país que alguna vez fue próspero y que hoy muestra las huellas de una devastación acumulada durante décadas.
Basta una mirada desde las alturas para apreciar la magnitud del desastre: edificios que se desploman por falta de mantenimiento, calles convertidas en vertederos, apagones interminables, escasez de agua potable, alimentos y medicinas, una infraestructura colapsada y millones de personas viviendo entre la desesperanza y la incertidumbre.
Lo más desconcertante es que esta tragedia parece haberse normalizado. Mientras un desastre natural ocupa titulares durante días, la destrucción lenta y sistemática de una nación apenas despierta atención. Es como si el sufrimiento cotidiano de los cubanos hubiera dejado de ser noticia.
La pregunta es inevitable: ¿tendrá que hundirse Cuba en el mar para que el mundo comprenda la dimensión de esta catástrofe humana? Porque hay terremotos que destruyen en minutos, pero también existen otros que, durante décadas, erosionan los cimientos de una sociedad hasta convertir la ruina en paisaje y la resignación en rutina.
Quizás el mayor drama no sea únicamente la destrucción material, sino la indiferencia con que el mundo contempla una tragedia que, por prolongada, ha dejado de sorprender.
Es como si al mundo le importara más, el dolor de unos, que la desgracia de otros.






