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Por Oscar Durán

La Habana.- Miguel Díaz-Canel encontró al nuevo culpable de la tragedia cubana: el algoritmo. Ya no son suficientes el embargo, la pandemia, la guerra, ni el cambio climático. Ahora resulta que el principal enemigo de la Revolución es una aplicación que decide qué video aparece primero en el teléfono de un muchacho de veinte años.

La solución que propone Limonardo es sencilla: confíen en la Revolución y no en el algoritmo. El problema es que el algoritmo no fue quien dejó los mercados vacíos, apagó las termoeléctricas o convirtió a Cuba en el país del éxodo permanente.

Lo curioso es que Díaz-Canel habla como si las redes sociales inventaran la realidad. Como si un video mostrando un apagón provocara el apagón. Como si una publicación sobre la escasez de alimentos hiciera desaparecer el arroz. No. Las redes sociales no crean la crisis; la muestran. El algoritmo no obliga a los cubanos a marcharse. Son las condiciones de vida las que empujan a cientos de miles de personas a hacer maletas. El teléfono solo documenta lo que el poder lleva décadas intentando ocultar.

Si el Gobierno estuviera tan seguro de que la Revolución sigue enamorando a los jóvenes, no tendría necesidad de advertirles contra el algoritmo. Bastaría con abrir el debate, permitir la libre circulación de ideas y dejar que cada cual saque sus conclusiones. Pero eso nunca ocurre. En Cuba se le teme más a un video viral que a un informe económico. Un discurso oficial puede repetirse durante horas; una imagen de una cola interminable o de un barrio protestando destruye en segundos toda la propaganda construida durante años.

La contradicción resulta hasta cómica. El mismo Estado que dedica enormes recursos a inundar las redes sociales con propaganda, campañas oficiales y perfiles afines, ahora dice que el problema son los algoritmos. O sea, cuando el contenido favorece al Gobierno, las plataformas son útiles. Cuando los cubanos las utilizan para denunciar apagones, hambre, corrupción o represión, entonces el algoritmo se convierte en una amenaza para la nación.

Quizás Díaz-Canel debería hacerse una pregunta mucho más incómoda. ¿Por qué los jóvenes confían más en lo que ven en sus teléfonos que en lo que escuchan en la televisión estatal? La respuesta no está en Silicon Valley ni en ninguna aplicación. Está en Cuba. Está en los salarios que no alcanzan, en las universidades que forman profesionales para que después emigren, en los hospitales sin insumos y en un país donde el futuro parece haberse mudado al extranjero.

Cuando un gobierno empieza a culpar al algoritmo de su pérdida de credibilidad, el problema nunca ha sido el algoritmo. El problema es que la realidad terminó derrotando al discurso.

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