
Diálogo de sordos: la farsa que el régimen llama conversación
Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- El gobierno cubano lleva décadas vendiendo la palabra diálogo como si fuera un perfume francés. Lo rocían por todas partes, posan para la foto, sonríen y, acto seguido, hacen exactamente lo que tenían decidido desde antes de sentarse.
Democracia de utilería con iluminación LED, ejemplos hay a montones: los encuentros con estudiantes en el Ministerio de Cultura, las reuniones tras el tarifazo de ETECSA. Todos sabemos cómo acabaron: con el gobierno diciendo «gracias por participar» y haciendo lo contrario. Una tradición nacional, claro, y una comedia diplomática cuando se atreven a conversar con gobiernos extranjeros.
Países como Panamá se ofrecen de mediadores, convencidos de que esta vez sí, esta vez habrá cambios políticos. Pobrecitos. No han leído el guion: las líneas rojas del régimen no se tocan, ni con láser. Mientras tanto, esperan a que Trump se vaya, como quien espera que cambie el clima en Marte. Todo esto en un país donde abrir un grifo o comerse un pan se ha convertido en un lujo digno de Instagram. La vida cotidiana es una odisea, y el gobierno, en lugar de resolver, se dedica a montar escenarios para la foto.
Es ahora, o nunca
Trump presiona, esperando que el sistema caiga por su propio peso. Y sí, cae, pero encima del pueblo, que ya bastante tiene con sobrevivir a la inflación, la escasez y las montañas de basura que ahora también sirven de fogata patriótica. La presión externa es un factor, pero confiarlo todo a un presidente extranjero es un error de principiante. Nadie sabe si realmente va a ayudar, y Cuba, seamos sinceros, no es prioridad para nadie. Los cubanos lo saben, y por eso han aprendido a no esperar nada de fuera.
El pueblo responde como puede: cacerolazos, calles cerradas, quemas espontáneas de basura. ¿Es suficiente? Bueno, suficiente para que el gobierno diga que todo está «bajo control», como siempre. Pero el control del régimen es cada vez más frágil, más ficticio, más sostenido por la fuerza que por el consenso. La desesperación se acumula, y cada vez son más los que entienden que la estrategia de la espera no funciona, que el cambio no vendrá de afuera sino de la propia presión ciudadana.
Lo que sí es evidente es que el régimen nunca ha estado tan débil. Es ahora o nunca, sin metáforas. La sociedad debería entender que no hay nada que negociar con un gobierno que solo negocia consigo mismo. A ese gobierno no se le dialoga: se le exige la dimisión, aunque ellos prefieran llamarlo «intercambio constructivo». Porque el diálogo verdadero no es el que se hace para ganar tiempo, sino el que se hace para transformar. Y en Cuba, mientras el gobierno siga confundiendo la conversación con la concesión, la única salida será la exigencia firme y organizada de un pueblo que ya no cree en el perfume de la farsa.






