
Cómo el castrismo construyó una historia para perpetuarse en el poder
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Toda revolución necesita una historia. Pero algunas necesitan, además, una leyenda. Cuando los hechos por sí solos no bastan para otorgar legitimidad duradera, comienza la construcción del mito. La revolución cubana comprendió desde sus primeros días que el poder no solo se conquista con las armas, sino también mediante el control del relato histórico.
Desde entonces, la propaganda dejó de ser un instrumento auxiliar para convertirse en el fundamento mismo del régimen. Durante décadas, generaciones enteras de cubanos fueron educadas dentro de una narrativa cuidadosamente diseñada, donde los acontecimientos reales se mezclaban con símbolos, exageraciones y episodios elevados a la categoría de verdad incuestionable.
Uno de los relatos más conocidos es el de los supuestos doce hombres que permanecieron junto a Fidel Castro después del desastre del desembarco del Granma. La frase atribuida al líder guerrillero, «Doce hombres bastan para hacer la revolución», pasó a ocupar un lugar privilegiado en la memoria oficial. Más allá de la discusión sobre el número exacto de sobrevivientes o las circunstancias del momento, resulta legítimo preguntarse por qué ese episodio adquirió una importancia casi sagrada dentro de la historia revolucionaria.
El simbolismo del número 12
El número doce posee una profunda carga simbólica en la cultura occidental. Es el número de las tribus de Israel, de los meses del año y, sobre todo, de los doce apóstoles que acompañaron a Cristo en el origen del cristianismo. No existe evidencia documental que demuestre que la referencia revolucionaria pretendiera evocar deliberadamente ese simbolismo religioso. Sin embargo, la semejanza resulta sugestiva y permite reflexionar sobre la manera en que los movimientos políticos construyen relatos capaces de despertar emociones y adhesiones que trascienden los hechos.
Las grandes revoluciones suelen fabricar héroes, episodios fundacionales y relatos providenciales. La revolución cubana no fue una excepción. La Sierra Maestra dejó de ser únicamente un escenario militar para convertirse en un santuario político. Los combatientes fueron presentados como hombres destinados por la historia. El líder adquirió una imagen de infalibilidad y la victoria terminó siendo descrita como un desenlace inevitable, casi predestinado.
A partir de ese momento comenzó una larga sucesión de mitificaciones. La historia oficial sustituyó progresivamente el análisis crítico por una narrativa épica donde los errores desaparecían, las derrotas se transformaban en victorias morales y las decisiones del poder eran presentadas como actos de sabiduría histórica. La revolución dejó de admitir matices porque los mitos no toleran contradicciones.
Todo régimen autoritario comprende que controlar el pasado facilita controlar el presente. Quien monopoliza la memoria colectiva puede moldear la identidad nacional y justificar la permanencia en el poder. Por ello, la propaganda revolucionaria no solo exaltó determinados acontecimientos, sino que silenció otros, deformó documentos, eliminó voces disidentes y convirtió la historia en un instrumento político.
La diferencia entre discurso y realidad
Con el paso del tiempo, la distancia entre el relato oficial y la realidad cotidiana fue haciéndose cada vez más evidente. Mientras el discurso hablaba de prosperidad, el país se empobrecía. Mientras proclamaba igualdad, surgían nuevas castas privilegiadas. Mientras prometía libertad, aumentaban la censura y la represión. El mito comenzó a resquebrajarse bajo el peso de los hechos.
Quizá esa sea la mayor lección histórica. Ninguna sociedad puede construir un futuro sólido sobre una memoria manipulada. Las naciones necesitan conocer su pasado con todas sus luces y sombras, porque la verdad, aunque resulte incómoda, termina siendo más resistente que cualquier propaganda.
Las revoluciones pueden sobrevivir durante algún tiempo gracias a los mitos que ellas mismas crean. Pero la historia posee una cualidad que ningún poder logra dominar para siempre. Tarde o temprano, los documentos sustituyen a las consignas, la investigación desplaza a la propaganda y los hechos terminan ocupando el lugar que durante años les fue negado. Cuando ese momento llega, la mitología deja de ser historia y la historia comienza, por fin, a escribir su propio juicio.






