Quentin Tarantino: el tipo que convirtió el videoclub en arte

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Antes de ser Quentin Tarantino, el hombre que pondría a John Travolta a bailar twist y a Christoph Waltz a hablar cuatro idiomas mientras degollaba nazis, fue un chaval de Knoxville, Tennessee, que se crió entre Los Ángeles y una madre soltera que le dejaba ver películas que ningún niño debería ver.

Lo suyo no fue la universidad, fue el videoclub. Trabajó en uno, el mítico Video Archives de Manhattan Beach, y allí, entre estanterías polvorientas y cintas VHS, se empapó de cine de serie B, spaghetti western, kung fu, blaxploitation y todo lo que los manuales académicos despreciaban. Aquel empleado que recomendaba películas a los clientes no sabía que estaba construyendo, cinta a cinta, el ADN de una filmografía que iba a cambiar Hollywood.

Su debut fue un disparo de fogueo con pinta de atraco: Reservoir Dogs (1992), una película sobre un robo que nunca se ve, financiada con un presupuesto de risa y filmada con más diálogo que acción. La crítica se rindió a sus pies. Pero el terremoto llegó dos años después con Pulp Fiction (1994), un artefacto narrativo que rompió la linealidad temporal, mezcló asesinos que citan la Biblia, boxeadores que hablan de cerdo y parejas que bailan twist en un restaurante de los cincuenta.

Ganó la Palma de Oro en Cannes, un Óscar al mejor guion original y, lo más difícil, consiguió que el cine independiente fuera taquillero. De repente, todo el mundo quería escribir diálogos como Tarantino. Nadie podía.

Identidad clarísima

Su estilo es reconocible a los diez segundos: planos desde el maletero, conversaciones largas sobre hamburguesas o Madonna que no vienen a cuento pero que lo sostienen todo, violencia coreografiada como un ballet, pies —muchos pies— y bandas sonoras que rescatan canciones que tus padres escuchaban en vinilo.

Tarantino no hace cine realista: hace cine de cine, un universo paralelo donde Hitler muere ametrallado en un cine parisino, donde Sharon Tate sobrevive a Charles Manson y donde un esclavo liberado ajusta cuentas con dinamita y verborrea.

Ese universo tiene sus cimas: Kill Bill (2003-2004), una venganza en dos volúmenes que parece una ópera de katanas; Malditos bastardos (2009), que reescribe la Segunda Guerra Mundial con escalpo incluido; Django desencadenado (2012), su western rabioso sobre la esclavitud; y Érase una vez en… Hollywood (2019), su carta de amor crepuscular a una ciudad que ya no existe.

Muchos premios

Ha ganado dos Óscar, dos Globos de Oro, una Palma de Oro y el respeto de una industria que al principio no sabía si tomarlo por genio o por chiflado. Pero los premios, en su caso, son casi anecdóticos. Lo que importa es la huella: Tarantino inventó una forma de contar que ya lleva su apellido, creó personajes que pertenecen al imaginario colectivo y logró algo que muy pocos directores consiguen: que el público vaya al cine a escuchar, no solo a mirar. Dice que se retirará tras diez películas. Lleva nueve. Si lo cumple, dejará una filmografía sin un solo tropiezo grave. Si no, tampoco le vamos a pedir explicaciones.

En su vida privada, Tarantino ha sido siempre un tipo peculiar: casado con la cantante israelí Daniella Pick, padre tardío, coleccionista de vinilos, fanático de los cines de sesión doble y dueño del New Beverly Cinema de Los Ángeles, donde programa maratones de películas en 35 milímetros.

No tiene redes sociales, no lee críticas en internet y sigue escribiendo sus guiones a mano, en libretas de papel. En una época de plataformas y algoritmos, Tarantino sigue siendo un tipo del siglo XX que hace cine para la pantalla grande, con butacas, palomitas y la luz del proyector colándose entre el humo. Y mientras él siga ahí, el cine tendrá un último refugio analógico.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy