
Solo 18 horas de Duelo Oficial por la muerte de Ramiro Valdés
Por Anette Espinosa
La Habana.- Mediante el Decreto Presidencial 1247/2026, firmado por el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el Gobierno de Cuba decidió declarar Duelo Oficial por el fallecimiento del comandante Ramiro Valdés Menéndez. El detalle, sin embargo, no pasa inadvertido: el homenaje se extiende apenas desde las 6:00 a.m. hasta las 12 de la noche del mismo 23 de junio. Dieciocho horas exactas para cerrar una vida que el propio decreto describe como “brillante y extraordinaria”, como si la historia pudiera comprimirse en un reloj administrativo.
Durante ese breve lapso, la orden es la habitual: banderas a media asta en edificios públicos e instituciones militares, y el despliegue institucional de rigor con los ministerios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Interior y Relaciones Exteriores como garantes del cumplimiento. Todo en su sitio, todo protocolizado, todo medido. Pero lo que llama la atención no es la formalidad del gesto, sino su duración. En un país donde el simbolismo suele inflarse hasta el exceso, aquí el duelo se administra como si fuera un trámite más del calendario.
El propio decreto recuerda la biografía política de Ramiro Valdés: asaltante al Moncada, expedicionario del Granma, combatiente en la Sierra Maestra, protagonista en la invasión y figura clave en la batalla de Santa Clara. No es un personaje menor dentro del relato fundacional del poder cubano. Por eso, la reducción del homenaje a menos de un día completo deja una sensación incómoda, como si incluso los mitos revolucionarios hubieran entrado en la lógica de la administración mínima del recuerdo.
En ese contexto, la decisión de Díaz-Canel no solo se lee como un acto protocolario, sino como un síntoma. ¿Cómo se mide el duelo por una figura de ese peso histórico en apenas dieciocho horas? La pregunta no es jurídica, es política. En el mismo gesto en que se exalta la “lealtad a la Patria”, se limita el tiempo del homenaje como si la memoria oficial necesitara ahorrar recursos, incluso en el terreno simbólico.
Al final, el decreto dice más de lo que pretende. En un país acostumbrado a la solemnidad extendida, a los actos largos y a la épica repetida, este duelo comprimido suena a contradicción. Y en esa contradicción se filtra una realidad más amplia: la de un sistema que regula hasta el dolor institucional, que administra la historia en porciones exactas, y que incluso frente a sus propios nombres fundacionales parece haber aprendido a convivir con la prisa o, peor aún, con la rutina del desgaste.





