
Trump es un mago: demostró que el bloqueo era interno
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Lo dijo Díaz-Canel, sin querer queriendo, con esa seriedad de quien cree que está dando una cátedra de honestidad: las medidas estaban listas desde hace años. Solo que no se habían aplicado. No por falta de recursos, no por culpa del bloqueo, no por la hostilidad del imperio. Estaban ahí, en un cajón, esperando el momento oportuno. El momento que ellos, los dueños del reloj, decidieran que era el adecuado.
Y ahora, de repente, después de 67 años de espera, el momento oportuno ha llegado. ¿Y por qué ahora? Porque Trump, ese mago que hace desaparecer excusas con solo amenazar con aparecer, les recordó que el bloqueo no era el que ellos habían inventado. El bloqueo real siempre estuvo dentro de la isla, firmado por ellos mismos.
Ayer, 18 de junio de 2026, el gobierno cubano anunció un paquete de 176 medidas que, según dicen, van a transformar el país. Y es imposible no reírse y llorar a la vez. Porque entre las medidas, algunas suenan hasta razonables: permitir bancos privados, autorizar franquicias extranjeras, dar más autonomía a las mipymes, flexibilizar la importación de combustible, incluso abrir la puerta a la inversión extranjera en sectores antes vedados.
Nada de esto es nuevo. Son cosas que cualquier país normal hace desde hace décadas. Pero en Cuba, donde la palabra «cambio» es casi un delito, estas medidas se presentan como una revolución. Una revolución que ellos mismos impidieron durante generaciones.
Cambios para salvarse
¿Y qué pasó con el bloqueo? Ese que nos vendieron como el culpable de todo, como el monstruo que impedía que Cuba fuera un paraíso. Pues resulta que ahora, con el bloqueo intacto, pueden hacer lo que antes decían que era imposible. Pueden abrir la economía, pueden atraer inversiones, pueden permitir que los cubanos tengan cuentas bancarias sin que el Estado les respire en la nuca.
¿Cómo es posible, si el bloqueo sigue ahí? Porque el bloqueo no era el de Estados Unidos. Era el de ellos. Un bloqueo mental, ideológico, político, que les permitía mantener el control absoluto mientras le echaban la culpa a los yanquis. Y Trump, con su estilo de picaporte, les ha puesto el espejo enfrente: aquí no hay más excusas.
Pero ojo, que esto no es un acto de generosidad ni un despertar de conciencia. Esto es puro terror. Los dirigentes cubanos se despiertan cada mañana, miran al horizonte y buscan el Nimitz. Saben que Trump no es Obama. Saben que no va a llegar con flores ni con discursos de hermandad.
Sienten la bota en la nuca, y esa presión los ha llevado a sacar del cajón las medidas que prometieron hace años pero que nunca aplicaron. No lo hacen por amor al pueblo, lo hacen por miedo a perder el poder. Porque el cambio que anuncian no es para democratizar el país, sino para salvar sus privilegios. Y eso, que ellos lo sepan, y que nosotros lo sepamos, es la clave de toda esta farsa.
Falta el visto bueno de Trump
Porque mientras hablan de apertura económica, siguen cerrando cualquier posibilidad de cambio político. No mencionan elecciones libres, ni liberación de presos políticos, ni fin de la represión. Tampoco hablan de mejorar las jubilaciones que no alcanzan ni para dos días, ni de rescatar un sistema de salud que se desmorona, ni de salvar una educación que ya no educa.
Las medidas son para salvar la economía del régimen, no la vida de los cubanos. Y si alguien cree que estas reformas van a traer bienestar a los ancianos, a los niños, a los enfermos, está soñando. Porque en el fondo, lo que buscan es sobrevivir al huracán Trump, no construir un país digno.
Y aquí viene lo más fino, lo más ladino: todas estas medidas deben tener el visto bueno de Trump. Pero Trump, que no es tonto, sabe que mientras los Castro sigan en el trono con Díaz-Canel como administrador, cualquier apertura económica es una trampa. Porque el poder político sigue intacto, y el día que ellos quieran, volverán a cerrar todo.
Trump no va a darles ese respiro. Él quiere cambio, pero no el cambio que ellos inventan para salvarse. Quiere el cambio que ponga fin a la dictadura. Y mientras eso no ocurra, todo esto es humo. Como las medidas, como los discursos, como la revolución. Humo que intenta ocultar la verdad: el bloqueo no era de ellos, era de nosotros. Y nosotros, los cubanos, lo sabíamos desde siempre. Solo que ahora, hasta los más ciegos lo están viendo.






