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Por Sergio Barbán Cardero ()

«It’s too late», diría un norteamericano en su idioma nativo.

MIami.- El cierre del Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, a cargo del puesto a de’o y sin ga’o Miguel Díaz-Canel, no es más que el reflejo de un régimen que corre a contrarreloj. Es un desespero evidente, un «correcoche» empujado por el colapso interno, el aislamiento internacional y las consecuencias de mantener, por décadas, una estéril confrontación con los Estados Unidos. Hoy se sienten solos; han perdido la credibilidad incluso ante quienes solían ser sus aliados más cercanos. En ese escenario de abandono, la gastada retórica de la plaza sitiada ya no convence a nadie.

Es en este contexto de debacle total donde resuena la desgastada frase del gobernante cubano: «cambiar todo lo que sea cambiable». A primera vista, la declaración pretende sonar audaz, pero analizada con rigor, resulta el reconocimiento explícito de un fracaso absoluto.

El gran dilema y la tremenda simulación de ese discurso, radica en: ¿qué es lo que realmente están dispuestos a modificar? Para la cúpula, «cambiar» significa mover fichas, inventar nuevas categorías de propiedad para maquillar el desastre o permitir parches económicos de última hora, siempre y cuando no se ponga en riesgo su monopolio absoluto de la sociedad.

Lo que verdaderamente hay que cambiar en Cuba para que cualquier reforma tenga sentido es, precisamente, el modelo económico, social y político en el que se han encapsulado. El nudo enredado de la crisis no se resuelve liberando un sector de la economía por aquí o flexibilizando un trámite por allá, mientras el Partido siga operando bajo ese ostracismo recalcitrante en el que se ha replegado. El empecinamiento en mantener una estructura vertical, intolerante y desconectada de la realidad es el verdadero freno del país. Lo único que les interesa modificar son los mecanismos de control para estirar su permanencia en el poder a cualquier costo.

¿Dónde están los ‘expertos’?

A esta puesta en escena hay que añadirle un detalle cuya ausencia resulta ensordecedora: la conveniente desaparición de los expertos. Inicialmente, el propio oficialismo convocó con bombo y platillo a un grupo de «economistas independientes» para dotar de supuesta pluralidad al debate, mencionando a figuras conocidas como Juan Triana, Omar Everleny Pérez y Julio Carranza. Sin embargo, el silencio de los medios estatales sobre sus posturas ha sido absoluto. No se ha mostrado ni un solo fragmento, ni una sola propuesta de ellos en las pantallas de la televisión nacional.

La censura va más allá. Tras la clausura del evento, el régimen ha echado llave a la información. Fuera de los cuatro o cinco oradores minuciosamente seleccionados para el reportaje televisivo y el monólogo final del singa’o (https://www.facebook.com/share/v/192T8XVpna/), no existe ni una sola transcripción oficial, nota detallada o fragmento de video que muestre las intervenciones del resto de los participantes en la reunión extraordinaria. Todo debate real, si es que existió, ha sido sepultado.

Al final, este Pleno de apuro nos deja en la misma penumbra de siempre, repitiendo el dogma de que el mercado es apenas un «instrumento» y ocultando las discrepancias de la sala.

La conclusión es inequívoca: para el pueblo de Cuba, las promesas de la dirigencia llegan cuando el país ya tocó fondo. Como diría un norteamericano en su propio idioma para describir un esfuerzo inútil y desfasado en el tiempo: «it’s too late». Si de verdad quisieran cambiar, cambiando el modelo, todo lo demás vendría por sí solo.

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