El laberinto del poder en Cuba: cuando el Partido decide y el pueblo espera

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Por Yoel Arias Hernández ()

La Habana.- Para todos aquellos que desconocen el funcionamiento de la maquinaria política cubana, conviene aclarar un aspecto fundamental: el presidente, por sí solo, no puede decidir nada. Todo debe pasar por el Partido, ya sea el Buró Político o el Pleno del Comité Central. De esa instancia emanan los nombramientos y las destituciones de ministros.

Allí se autoriza el paquetazo de Etecsa, y desde allí se promueve al responsable de la Tarea Ordenamiento —quien desestabilizó la economía y la sociedad más de lo que ya estaban— a jefe del sector tabacalero en Cuba, por citar solo algunos ejemplos recientes.

Si una iniciativa no pasa por esas manos, no circula hacia el Parlamento —ese órgano unánime que aplaude sin discrepar— y si llega con el visto bueno, ni siquiera encontrará comentarios adversos en los debates: se aprobará íntegramente, sin un solo matiz.

Si realmente es de interés del Partido, el Ministerio de Justicia velará porque se publique cuanto antes en la Gaceta Oficial y entre en vigor de manera inmediata. Ahora bien, hagamos un ejercicio de abstracción. Así como se logró la enmienda constitucional que modificó la edad límite para ejercer la Presidencia de la República porque el anciano de 96 años así lo deseaba, imagínense lo que ocurriría con algo que él no quiera promover.

Pues sí: si no es de interés del Partido, nada avanza. No se legisla, no se pone en efecto y, en casos muy particulares, incluso después de publicada en la Gaceta Oficial, puede dilatarse su ejecución hasta que la voluntad suprema así lo disponga.

Aun así, ¿alguien puede considerar que unas medidas económicas concebidas hace tres décadas vayan a representar un cambio serio, algo capaz de hacer girar 180 grados la situación nacional, sabiendo que en el momento en que el Partido lo decida pueden convertirlas en papel mojado?

Sin una reforma del entramado jurídico —verdadera, creíble, auténtica— ninguna medida tiene garantías de sobrevivir a la fecha de caducidad «móvil» que todas ellas llevan impresa. Han sido tomadas de mala gana, como males necesarios, a la espera de tiempos mejores en los que el régimen se sienta lo suficientemente seguro para restaurar el statu quo anterior.

Estas medidas, sin duda, llevan escrito «noviembre» por algún lado.

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