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Por Jorge Sotero ()

La habana.- En Cuba, dicen, no hay combustible. No hay gasolina para los camiones de Comercio Interior, esos que deberían llevar al resto del país lo poco que este gobierno reparte. Pero ya se sabe: lo único que este gobierno reparte con eficacia es represión, propaganda y paciencia falsa. Lo demás —alimento, medicina, esperanza— viaja a pie, si viaja.

Las ambulancias tampoco tienen gasolina. Así que si a usted le da un infarto a las tres de la mañana en un municipio del interior, olvídese. No va a llegar ninguna sirena. La orden es clara: arregle como pueda. Busque un vecino con un carro, si lo hay. Camine, si le queda aire. Y si no, espere sentado. Pero no espere por el gobierno. Porque el gobierno, sencillamente, no va.

Y mientras tanto, allá en San José de las Lajas, en la antigua fábrica de vidrio que hoy ocupa Emcomed, los medicamentos se pudren literalmente en los anaqueles. Cajas y cajas de fármacos que pudieron salvar vidas miran las telarañas mientras la fecha de vencimiento las va tachando una por una. ¿Que por qué no las reparten? No hay combustible, señor. No hay para mover los camiones. Las pastillas pueden esperar. Los enfermos también. Eso parece decir la lógica oficial.

Para algunos siempre

Ahora, cuidado. No vaya a pensar que no hay combustible en toda la isla. Sí lo hay. Claro que lo hay. Solo que no es para usted. El combustible que existe —el que se compra con el sudor de un pueblo que no ve la gasolina en las bombas— está reservado para los dueños de verdad de esta isla. Los secretarios del Partido, los gobernadores, los intendentes, esos señores que nunca caminan bajo el sol, tienen sus autos llenos y sus neveritas en el asiento de atrás rumbo a la playa, rumbo a la finca, rumbo a cualquier parte donde el pueblo no esté.

Y ni qué decir de los ómnibus de las FAR. Cada fin de semana, una flotilla de guaguas militares sale de La Habana con destino a Cayo Santa María, a Varadero, a cualquier villita de playa donde los uniformados puedan olvidar, con una cerveza en la mano, que abajo hay un pueblo que no come. ¿Combustible para eso? Hay. ¿Para llevar a un niño al hospital? No hay. ¿Para repartir una caja de leche en polvo? No hay. ¿Para llevar a los militares de vacaciones? Hay de sobra.

Entonces, ¿por qué tengo yo que rendirle honores a esta cohorte de bandoleros grados militares? ¿Por qué debo respetar a quienes me dejan sin luz, sin gas, sin medicina, sin gasolina, sin vergüenza? No voy a nombrarlos. Usted ya sabe quiénes son. Usted ya sabe que no les importamos. Y usted ya sabe que mientras ellos ruedan, nosotros nos quedamos quietos. Pero la quietud, cubanos, tiene un límite. Y ese límite, créame, está más cerca de lo que piensan.

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