
El tipo que se fue al más allá con Homero pegado al abdomen (y otros postureos eternos)
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hace unos 1.600 años, un tipo en el Egipto romano decidió que, si tenía que palmarla y enfrentarse al juicio de Osiris, no lo iba a hacer con las manos vacías. Ni amuletos de la suerte, ni escarabeos dorados, ni las típicas oraciones aburridas del Libro de los Muertos. No, señor. Este visionario se plantó en el más allá con un fragmento de la Ilíada pegado al abdomen. Literalmente. Vendas, ungüentos, el corazón en su sitio y Homero en la tripa. Un equipaje de ultratumba que ni el más pintado.
La misión arqueológica de la Universidad de Barcelona en Oxirrinco acaba de destapar este pastel, y la verdad es que es una jodida maravilla. Han encontrado un papiro literario griego integrado directamente en el proceso de momificación de un individuo de época romana. Es la primera vez en la historia de la arqueología que se documenta algo así. Imagínate la escena. El embalsamador está ahí, dándole a las vendas y al ungüento, y el cliente antes de palmar —o la devota familia— le encarga que ponga un papiro muy concreto bien pegadito al cuerpo. Dicho y hecho. Nada de improvisaciones: esto era un encargo con todas las de la ley.
Y lo que este buen hombre se llevó al otro mundo fue un pasaje del Catálogo de las Naves del canto II de la Ilíada. Exactamente la lista de los barcos griegos que partieron hacia Troya. Una retahíla de nombres, ciudades y tropas que a cualquier estudiante de filología clásica hoy en día le provoca narcolepsia. Aquiles, Agamenón, los mirmidones, los argivos… página tras página de genealogía épica que nuestro difunto se llevó al pecho como quien se tatúa el escudo de su equipo en el alma. Para él, ese trozo de papel debía ser su posesión más valiosa, su pasaporte cósmico, su declaración de principios ante el tribunal de los dioses.
Las teorías
Y aquí se abren dos teorías que definen a la perfección la condición humana, que no ha cambiado un ápice en dieciséis siglos. Primera: que fuera un fanático absoluto de Homero, un romántico que consideraba la literatura griega como la cumbre de la civilización y no concebía dar el salto al más allá sin un fragmento de su poeta favorito.
Segunda: que fuera un postureo post-mortem de manual. La aristocracia egipcia de la época romana estaba obsesionada con demostrar que eran tipos cultos, helenizados y de buena cuna. Llevar a Homero pegado a la piel era como el carnet de socio del club más exclusivo. Morirse sin Homero era de pobres.
Sea como fuere, el tío lo consiguió. Ha logrado que en pleno año 2026 estemos hablando de él, de su papiro y de sus santos bemoles. Porque la eternidad es caprichosa y a veces no la conquistan los emperadores ni los faraones, sino un individuo anónimo que decidió enfrentarse al juicio de Osiris con un poema épico en el estómago. Y eso, señores, es estilo. Mucho más que salir en los libros de historia.






