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Por Reynaldo Medina Hernández ()

lA hABANA.- Quizá tuvo algo que ver que nuestros padres y abuelos nos asustaran con el Coco y el Hombre del saco. ¡Vaya manía de los adultos! En la finca de mi abuelo, mis tíos me mandaban de noche al bohío vara en tierra a buscar martillos y pinzas que no necesitaban, solo para probarme. Y uno, que desde chiquito tiene su orgullo, allá iba, cagado de miedo, pero iba.

Quizá también influyó que nos obligaran a dormir con la luz apagada y la ventana abierta, y uno imaginando afuera, a punto de entrar, al mal encarnado en un ladrón o una bestia peluda comeniños. ¿Y qué me dicen de caminar (da lo mismo de día que de noche) por una guardarraya de caña escuchando ese siniestro sss sss de las cigarras, que nos imaginábamos como a un «hombre malo» acechando en el cañaveral?

Seguro que tuvieron mucho que ver los cientos de años de feroz represión a todo el que se rebelaba contra el opresivo poder gubernamental. De muertos en los campos de batalla, las calles de pueblos y ciudades, y en los calabozos. Ejecuciones, destierro, exilio. Familias sufriendo. Y el miedo.

La gente empieza a perer el miedo

Y también la supresión de las libertades individuales: de asociación, reunión, prensa y palabra, la violación de los derechos más elementales de los seres humanos. Y las excesivas respuestas a las protestas en las calles, ordenadas por hombres de uniforme o saco y corbata y ejecutadas por otros hombres de uniforme o de civil, igual de sanguinarios y fratricidas. Y otra vez la cárcel, la tortura física y psicológica, el exilio, las familias sufriendo. Y otra vez el miedo.

Desde que tengo recuerdos es la gente susurrando y mirando asustada por encima del hombro. Y «habla bajito», «no confíes en nadie», «aquí no se sabe quién es quién», «no te busques problemas, mijito». Y muchos, contra sus deseos y principios, participando en trabajos voluntarios, desfiles, concentraciones y peleando guerras ajenas del otro lado del mundo, por miedo a decir «no», para no estar en la «lista negra», «señalarse» o «marcarse». Siempre el miedo.

Ya se habla alto, algunos hasta gritan, y las personas están saliendo a las calles, cacerolas sonoras en mano, para reclamar lo que les pertenece por derecho propio. «La gente está empezando a perder el miedo», dicen. Pero subyace, enraizado, genético ese miedo extraño, intangible. El peor posible, porque es un miedo a todo, a nada, a no sé qué. Y ese es el más difícil de superar de todos los miedos.

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