
Alejandro Dumas: el gigante que escribía con espada, pluma y una deuda tras otra
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Alejandro Dumas era un titán. Y no lo digo solo por su literatura, que también, sino porque físicamente era un armario de dos metros con una energía que agotaba a cualquiera que se cruzara en su camino. Hijo de un general mulato de la Revolución Francesa y de una posadera, Dumas llevaba la grandeza y el exceso en la sangre.
Su padre, el general Thomas-Alexandre Dumas, fue una leyenda militar que Napoleón se encargó de olvidar, y esa herida de abandono y orgullo persiguió al escritor toda su vida. Pero en lugar de amargarse, decidió vengarse a su manera: convirtiéndose en el hombre más famoso de Francia. Y vaya si lo consiguió.
Cuando Dumas entraba en un salón, las arañas de cristal temblaban y las señoras suspiraban. Era un volcán con sombrero de copa, un mulato descomunal que hablaba a gritos, comía como un ejército y seducía con la misma facilidad con la que respiraba.
Una máquina de escribir novelas
Su método de trabajo era tan descomunal como su apetito. Dumas no escribía novelas: las paría, las vomitaba, las multiplicaba como los panes y los peces. Para ello montó una auténtica fábrica de literatura con colaboradores, el más famoso de los cuales fue Auguste Maquet, un profesor de historia que le llevaba los esquemas, la documentación y el esqueleto narrativo.
Luego llegaba Dumas, se encerraba en su estudio con camisa de lino y café turco —bebida que consumía en cantidades capaces de matar a un caballo—, y allí insuflaba vida, diálogo, ritmo y ese sentido de la aventura que convierte cada página en un latido.
¿Que si fue un tramposo por usar colaboradores? Bobadas. Dumas era como un director de orquesta: sin él, aquellas partituras no sonaban. Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Veinte años después, La reina Margot… todas llevan su sello inconfundible: la lealtad, la venganza, la amistad, la justicia, el honor. Valores eternos servidos con un pulso narrativo que aún hoy deja sin aliento.
Vivir para gastar
Su vida personal fue tan trepidante como sus novelas de capa y espada. Dumas amó a raudales, sin medida ni prudencia, y dejó una estela de amantes, hijos ilegítimos y escándalos que harían sonrojar a cualquier biógrafo victoriano.
Su hijo, Alejandro Dumas hijo, fue fruto de una relación con una costurera y acabó convirtiéndose también en escritor de éxito, aunque con un estilo mucho más moralizante. Padre e hijo mantuvieron una relación complicada, entre la admiración y el reproche. El viejo Dumas dilapidó fortunas con la alegría de quien cree que el dinero es solo un medio para gozar de la vida: construyó un castillo llamado Montecristo —cómo no—, organizó fiestas legendarias, mantuvo a amigos, amantes y parásitos, y murió prácticamente arruinado. Pero nunca se arrepintió de nada. Vivir, para él, era gastar.
Una vida a tope
Dumas era también un hombre de ideas firmes. Republicano convencido, participó en revoluciones, se codeó con Garibaldi —a quien ayudó a conseguir armas para la unificación italiana— y defendió causas perdidas con el mismo entusiasmo con que escribía sus folletines. Su condición de mulato en una Francia que todavía practicaba la esclavitud en sus colonias lo hizo blanco de ataques racistas, pero él respondía con una frase que merece ser cincelada en mármol: «Mi padre era un mulato, mi abuelo era un negro y mi bisabuelo era un mono. Como ve, mi familia empieza donde la suya termina».
Genio y figura. Su literatura está llena de marginados que se toman la justicia por su mano, de hombres que regresan del abismo para ajustar cuentas con el destino. Edmond Dantès no es solo un personaje: es la venganza de todos los humillados de la Tierra.
Murió en 1870, cansado, arruinado y con el corazón roto por la muerte de su hija Marie. Pero su legado es inmortal. Dumas inventó el folletín moderno, la novela de aventuras por entregas que mantenía en vilo a toda Francia.
Sus personajes —D’Artagnan, Athos, Porthos, Aramis, Montecristo— pertenecen ya a la mitología universal, como el Cid o Don Quijote.
Escribió más de cien mil páginas que se tradujeron a todos los idiomas, llenó teatros, inspiró películas, series y cómics, y demostró que la literatura podía ser culta y popular al mismo tiempo.
Dumas fue un gigante excesivo, generoso, contradictorio y profundamente humano. Un hombre que vivió como si cada día fuera el último capítulo de una novela. Y qué novela. Porque si algo nos enseñó Alejandro Dumas es que la vida, cuando se escribe con mayúsculas, siempre merece la pena ser leída.






