
Hetairas: las únicas mujeres que tumbaban a Sócrates en un debate (y pagaban por ello)
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Atenas, la cuna de la democracia, era en realidad un club privado con barra libre solo para ciudadanos varones. Las mujeres no pintaban nada, y las esposas legítimas menos que nada: confinadas al gineceo, esa especie de trastero doméstico donde se gestionaban telares, hijos y silencio.
Pero luego estaban las otras. Esas que se tumbaban en los divanes de los simposios, discutían de filosofía con Sócrates y le susurraban a Pericles lo que tenía que decir al día siguiente en la Asamblea. Eran las hetairas, las «compañeras», y no eran precisamente unas invitadas florero. Eran las únicas mujeres a las que un ateniense adinerado escuchaba cuando quería hablar de algo más sustancioso que el precio de las aceitunas.
Aspasia
La historiografía romántica del siglo XIX nos las vendió como una especie de influencers empoderadas de la Antigüedad, cultas, soberanas y dueñas de su destino. La realidad, como siempre, es más cruda y bastante más fascinante: fueron mujeres brillantes que utilizaron la cultura y la sofisticación para conquistar una libertad de movimiento y un desarrollo intelectual que las esposas legítimas ni alcanzaban a imaginar. Eso sí, pagando peajes altísimos en un parque temático diseñado por y para hombres.
El orador Demóstenes lo dejó clarinete con una frase que hoy incendiaría cualquier red social: «Tenemos a las hetairas para el placer, a las concubinas para el cuidado diario del cuerpo y a las esposas para que nos den hijos legítimos y vigilen fielmente la casa». Ahí es nada.
El caso paradigmático es Aspasia, una meteca —extranjera, natural de Mileto— que se convirtió en la compañera de Pericles. Como no era ateniense, las férreas leyes que regulaban la conducta de las ciudadanas locales no le afectaban, y eso le dio un margen de maniobra que aprovechó con una inteligencia quirúrgica.
La tradición llegó a afirmar que ella misma redactaba los discursos del gran líder, y los enemigos de Pericles, incapaces de derribarlo en la Asamblea, la convirtieron en su diana particular, tildándola de alcahueta y prostituta en los tribunales. Pero las fuentes confirman que su hogar era el auténtico centro intelectual de Atenas. Imaginen la escena: Sócrates, el padre de la filosofía occidental, tomando notas de una mujer que legalmente no tenía derecho ni a comprar una casa. Para que luego hablen del techo de cristal.
Friné
Si hablamos de fortuna e impacto, la reina indiscutible es Friné. Acumuló una riqueza tan colosal que, tras la destrucción de Tebas por Alejandro Magno, se ofreció a reconstruir las murallas de la ciudad con sus propios fondos. Solo puso una condición: una inscripción que dijera «Destruidas por Alejandro, reconstruidas por Friné».
Los tebanos, con ese orgullo tan suyo, prefirieron quedarse entre ruinas antes que aceptar el patronazgo de una cortesana. Y luego está la leyenda de su juicio por impiedad: Hipérides, su abogado, al ver el caso perdido, le rasgó la túnica dejándola desnuda ante los jueces para ganar la absolución por el impacto de su anatomía.
La historiografía moderna ha rebajado el mito: simplemente le abrió ligeramente la túnica para apelar a la piedad y evocar la kalokagathía, esa creencia griega de que la belleza física extrema era una bendición divina. Vamos, que el tribunal consideró que cargarse semejante obra de los dioses era un sacrilegio.
Las narrativas actuales tienden a idealizar a la hetaira como el epítome del feminismo antiguo, y en parte lo fueron: acceso al conocimiento, autonomía financiera y voz en los círculos de poder. Pero conviene leer la letra pequeña del contrato. Su libertad nacía de estar completamente desclasadas, fuera del sistema de protección ciudadana. El Estado les cobraba impuestos específicos y su estatus dependía de factores tan volátiles como la juventud, el ingenio y el saldo de la cuenta corriente.
Mientras eran jóvenes y brillantes, dominaban la escena social; pero cuando llegaba el ocaso, sin hijos legítimos garantizados por la ley ni un matrimonio que las respaldara, su final solía ser un penoso ejercicio de resistencia para mantener las apariencias. No fueron revolucionarias que pretendieran derribar el patriarcado: fueron espléndidas estrategas que supieron explotar las fisuras de un sistema hecho por y para hombres. Y eso, en la Atenas de Pericles, ya era toda una hazaña.






