
El molino de rejuvenecer: la fantasía masculina que el siglo XVII sí se atrevió a dibujar
Por Rafa Junco ()
En la Europa del siglo XVII, mientras unos inventaban telescopios para mirar las estrellas, otros dibujaban máquinas capaces de meter ancianas por un embudo y sacar muchachas listas para encontrar marido. Y lo mejor es que lo hacían con absoluta seriedad gráfica, como si aquello fuese un catálogo de ingeniería avanzada y no una fantasía masculina cocinada entre cervezas y frustraciones. Porque el hombre del siglo XVII no quería solo explicar el universo. Quería, sobre todo, arreglar a su mujer. O mejor dicho: rejuvenecerla.
La imagen es hoy una joya del Museo del Prado, pero en su tiempo fue un éxito de ventas. Se trata de uno de los famosos «molinos de rejuvenecimiento», un género satírico muy popular en Alemania, Flandes e Inglaterra. El mecanismo era sencillo: las señoras mayores subían por una escalera apoyadas en muletas, entraban en la máquina hechas una ruina y salían al otro lado convertidas en jóvenes frescas, lozanas y, casualmente, mucho más del gusto masculino. Una especie de cirugía estética medieval, pero movida por aspas de molino y desesperación social. No había anestesia, claro. Pero había esperanza.
El detalle importante es que esto no era solo humor absurdo. Reflejaba una obsesión muy real de la época: el miedo al envejecimiento femenino y la idea, entonces como ahora, de que el valor de una mujer dependía casi exclusivamente de su juventud. Los hombres envejecían y se convertían en «respetables» o «venerables». Las mujeres envejecían y los grabadores europeos empezaban a dibujar maquinaria pesada para arreglar el «problema». Porque el problema, claro, no era el tiempo. Era que ella dejara de gustar. Y eso, en el imaginario colectivo, era una avería que requería solución técnica.
Lo más curioso de la escena es la naturalidad con la que todos colaboran. Hay ancianas haciendo cola con una resignación conmovedora, ayudantes empujando cuerpos hacia el embudo con eficiencia industrial, y hombres esperando el «resultado final» con entusiasmo de cliente satisfecho. Parece una mezcla entre feria ambulante, consulta estética y cadena de montaje matrimonial. Nadie pregunta si la mujer quiere ser rejuvenecida. Se da por supuesto. Como se da por supuesto que, una vez joven, estará agradecida. Y disponible. El grabado no lo dice, pero se entiende.
Y siendo honestos, tampoco hemos cambiado tanto. Hoy ya no usamos molinos de viento para rejuvenecer personas. Ahora usamos filtros de Instagram, bótox, retoques con inteligencia artificial y anuncios con gente de cincuenta años que asegura dormir ocho horas, beber agua y tener «una actitud positiva». La diferencia es que el siglo XVII, al menos, tenía la decencia de admitir que aquello era pura fantasía. Nosotros, en cambio, nos empeñamos en llamarlo «realidad aumentada». Y ahí está el verdadero problema: ellos soñaban con máquinas imposibles. Nosotros creemos que ya las tenemos. Y la anciana del embudo, pobre, sigue esperando turno.






