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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- El único sueño de Felipe Pérez Roque era cantar como Aldo Guibovich, la voz líder de la banda peruana Los Pasteles Verdes. Memorizaba cada canción, cada variación de tono; frente al espejo, acompañado de una doble casetera SONY, apretaba el Play y cantaba a viva o muerta voz: «Mi amor imposible». Su obsesión se volvió tan aguda que, al llegar a los veinte años, incorporó los títulos de la banda a su vocabulario cotidiano, provocando una exasperación lógica en las personas con cierta coherencia.

Su único problema —el de Felipito, por supuesto— era que no podía cantar. No lograba embocar ni una nota, y eso lo deprimía.

La culpa era de su niñez. Durante una francachela con los socitos del barrio, se tragó un trompo. Sucedió en el fragor de una maravillosa pelea de trofeos de madera; su amigo leal, intentando ganar a toda costa, lanzó el suyo con tanta fuerza que la pieza rebotó directo a la boca y la garganta del vejigo Pérez Roque. Los chamitas lo cargaron en vilo hasta el hospital. Cuando sus padres llegaron, el muchacho ya estaba en el salón de operaciones.

Después de cuatro horas de dura faena, los cirujanos lograron extraer la madera. Sin embargo, por un error de manipulación, la punta metálica se desprendió y se incrustó en la epiglotis, dañándola considerablemente. Tras un par de horas de reflexión conjunta, los especialistas llegaron a una conclusión médica irrevocable: el niño tendría que vivir con el metal injertado en su anatomía. De ser extirpado, perdería la voz para siempre. Como único remedio, le recomendaron consumir miel de abejas continuamente para atenuar la carraspera y la molestia perpetua en el gargantón.

Desde ese día, su habla cambió. Muchos se asombraban al escuchar al joven expresarse con el sonido de un inodoro en perenne descargue. Por esos tiempos comenzó su idilio con Los Pasteles Verdes. Cuando la gente le preguntaba por qué hablaba tan raro, él respondía muy serio: «Quisiera hablarte», pero «Ya es muy tarde».

Felipe estudió ingeniería electrónica con el único objetivo de inventar un aparato que replicara constantemente el repertorio de la banda peruana. Pero su militancia revolucionaria le restó el tiempo necesario para lograrlo. Años después, leer sobre el nacimiento de Siri y Alexa, lo cubrió la tristeza y gritó a la pantalla: «Vale la pena llorar».

De su etapa como activista universitario solo conservaba el recuerdo del vacío existencial que provocaba en los jóvenes de la UJC cuando explicaba las razones de una Cuba socialista, independiente del mundo cruel.

Fue en esos años cuando Fidel visitó el campus y Felipe lo invitó a un encuentro con el comité de base.

—Tenemos que imponernos ante el mundo. Seremos los creadores de tecnología de punta, y ustedes lucharán contra aquellos que olvidan lo grande que ha sido nuestra revolución —dijo Fidel, clavando la vista en Pérez Roque, exigiéndole una frase que respaldara el dictado.

—Somos «Angelitos Negros» que no podemos «…morir de sed teniendo tanta agua…» —gritó Pérez Roque con su eco de fontanería.

Fidel, fascinado por el absurdo, lo abrazó y lo promovió al instante.

Felipe Pérez Roque llegó a ejercer como Canciller de la República. Un cargo tan alto como complicado para un hombre que continuaba con voz de retrete averiado y cuyo vocabulario obedecía a rigores musicales y obsesivos.

Fungiendo como canciller, aprovechó el poder para catar las mejores mieles del planeta. En sus viajes oficiales nunca faltaba una enorme maleta cargada de Miel de Elvish, traída de las cavernas de Turquía; una de las más caras del mundo. Sus discursos y reuniones con estadistas internacionales se caracterizaron por una delicadeza extrema al hablar; sabía perfectamente que lo estaban observando con lupa desde La Habana.

El quiebre definitivo ocurrió durante el referendo Cuba-USA. Tras largos debates, su discurso encendió las alarmas, pues Fidel confirmó que algo no andaba bien en la cabeza del canciller.

—»El final que no llegó» fue causado por vivir en «Quinto patio». «Sólo dame tres minutos» para dejar de ser «El solitario» y Cuba vivirá «Recuerdos de una noche» —argumentó Felipe ante los presidentes de América y Europa, que lo escuchaban entre la traducción simultánea y el desconcierto.

Nadie sabía qué hacer. Fidel se reunió en secreto con un equipo de contrainteligencia para encontrar errores graves en el comportamiento de Felipe. Necesitaba sacarlo del ruedo internacional; el canciller ya no tenía noción de lo que acontecía en el mundo real.

La investigación en el sótano de su casa reveló que el hombre custodiaba media tonelada de miel importada de excelente calidad. El equipo auditó el valor del producto, concluyendo que en ese búnker subterráneo había miles de dólares malversados en almíbar.

Felipe, que en esos días se encontraba en Chimbote, Perú, buscando información de Los Pasteles Verdes para escribir una biografia de la banda y producirles un concierto en la Plaza de la Revolución, regresó eufórico. Al aterrizar, se topó con la realidad: estaba en fase de «explote» político y moral.

Un chisguete de miel densa le brotó de la comisura de los labios, ensuciando el mantel y la caja de tenis Adidas que su esposa le había encargado. De inmediato, una comisión de la Seguridad del Estado lo subió a un auto LADA y lo condujo silenciosamente hacia el Comité Central.

—Has manchado el nombre del PCC y de la Revolución, Felipe. Has convertido en un circo nuestros conceptos de patriotismo y responsabilidad socialista. Has corrompido todo lo que tocaste como líder internacional —le espetó Fidel con tono de tumba.

—No, Comandante. Solo puedo alegar que este «Escándalo» es el «Esclavo y amo» que invade el «Mar». Cuba, «Cuando te encuentres sola», «Te quiero, te espero». «Vivirás» —respondió Felipe, con la garganta atormentada por el trozo de metal envuelto en mieles y ruidos de motocicleta.

Eso bastó para el ostracismo absoluto.

Pocos días después, los periódicos publicaron una nota de prensa firmada por el Líder Máximo que lo explicaba todo: “La miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno”

Felipe Pérez Roque fue borrado de las fotografías oficiales. Sobrevivió al dolor de garganta consumiendo mieles nacionales de baja calidad y dudosa procedencia. Sin embargo, en su retiro forzado, siempre atesoró los recuerdos de sus viajes, de sus amores melódicos y de aquella resina turca que jamás volvería a probar.

Su última misiva al Comandante fue breve:

“Comandante, “Hipocresía” ha sido mi vida. Ahora soy “El solitario”, “El presidiario” que hizo todo por la patria. “El reloj” camina, pero “Olvidarte jamás”. “No te das cuenta”: “Te amo y no soy correspondido».

Cuando Aldo Guibovich murió en México en año 2017, Felipe Pérez Roque hizo silencio y hasta hoy, no ha hablado nunca más.

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